El ratoncillo, el gallo y el gato
Érase una vez una apacible tierra de madrigueras escondida a la sombra de frondosos robles. En esta tierra de cuentos vivía un ratoncito inexperto que jamás se había apartado del lado de su madre. Una mañana de primavera, el diminuto ratón curioso se deslizó fuera de su nido por primera vez para explorar el ancho mundo. Mientras paseaba alegremente por los senderos floridos, encontró criaturas extrañas y encantadoras que nunca había visto. Con el sol en lo alto y el corazón latiendo de emoción, volvió sin aliento a su nido para contar lo que había visto. La ratona madre notó la agitación en los ojos de su cría y con curiosidad la tomó en su regazo. El ratoncito empezó a describir con voz emocionada la primera criatura que había visto.
"¡Junto al patio había un monstruo con una cresta roja en la cabeza que batía las alas y lanzaba gritos espantosos!" "Parecía tan feroz que me quedé petrificado de miedo y enseguida me alejé de allí." Mientras la ratona madre escuchaba con una sonrisa, el ratoncito se puso a hablar de la segunda criatura. "Pero un poco más adelante vi otro ser lleno de gracia, con un pelaje de terciopelo como la seda." "Me miró con tanto cariño y murmuró tan dulcemente que casi me acerqué a abrazarla." "Sus ojos verdes brillaban como una esmeralda delicada, y tomaba el sol en silencio meciendo su larga cola." "Si ese monstruo gritón no me hubiera asustado, me habría hecho amigo de esta hermosa criatura y habríamos jugado."
Cuando la ratona madre oyó estas frases que su cría formaba con tanta ingenuidad, soltó un suspiro profundo y afligido. "Gracias al cielo que esa criatura ruidosa te asustó y te hizo huir, mi querida cría," dijo. "¡Esa criatura que llamaste terrible era solo un gallo inofensivo, pero ese ser que creíste delicado era el gato, nuestro mayor enemigo!" "Si te hubieras acercado un poco más a esa criatura de pelaje de terciopelo, te habría tragado de un solo bocado." El ratoncito, comprendiendo cuán engañosa puede ser la apariencia exterior, abrazó a su madre con gratitud. No dejarse engañar enseguida por palabras dulces y apariencias brillantes es la regla más antigua de la supervivencia. No te dejes engañar por las apariencias, o perderás la vida.