El ratón y la ostra
Érase una vez, en una playa desierta donde espumaban mares azul marino, vivía un pequeño y curioso ratón de campo. Aburrido del aroma de la hierba fresca, este ratón quería explorar sabores desconocidos en la orilla del mar. Una mañana, acompañado por los alegres gritos de las gaviotas, salió a dar un largo paseo por la playa. Mientras caminaba por la playa de color amarillo dorado, un extraño objeto que brillaba bajo el sol llamó su atención. A medida que se acercaba, se dio cuenta de que este objeto era una ostra enorme arrastrada a la orilla por las olas del mar.
La ostra había abierto sus conchas de par en par para disfrutar de la cálida luz del sol. La textura suave y carnosa del interior despertó el apetito del hambriento ratoncito. El ratón se susurró a sí mismo: "Qué indefensa se ve esta criatura marina". Dando unos pasos más hacia la ostra, metió la nariz entre las conchas. "Solo probaré un pedazo pequeño", dijo, sonriendo con confianza. Sin embargo, en el momento en que la ostra sintió el aliento del ratón, presintió un gran peligro y actuó por instinto de conservación.
Las conchas duras y gruesas se cerraron de golpe con un gran ruido. El curioso ratón no pudo evitar que su cabeza quedara atrapada en esta pinza parecida al acero. "¡Socorro, por favor abre tus conchas!", gritó el ratón desamparado. Pero la ostra estaba decidida a no liberar a su enemigo extranjero y a mantener sus conchas fuertemente cerradas. Por mucho que el ratón se agitara y moviera la cola, no pudo estirar las duras conchas.
Visto desde fuera, esta criatura marina que permanecía silenciosa e inofensiva le había tendido al ratón la trampa más grande de su vida. Víctima de su codicia y descuido, el ratón quedó atrapado solo en la soledad de la playa. Mientras se ponía el sol, el ratoncito pagó un precio muy alto por dejarse engañar por las apariencias. Quienes actúan con codicia y subestiman el peligro quedan condenados a la trampa de su propio descuido. El que la hace, la paga.