Todos los cuentos

El ratón que buscaba esposa

Nivel C1 · 339 palabras

El ratón que buscaba esposa

Érase una vez, al borde de un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, un ratón de campo pequeño pero orgulloso. Este ratón se había metido en la cabeza casarse con el ser más fuerte del mundo y fundar un hogar magnífico. Su pelaje dorado brillaba al sol, y su hocico puntiagudo buscaba siempre el esplendor de las alturas. Por fin, una mañana temprano se puso en camino y emprendió un largo viaje para encontrar al más fuerte del cielo. Levantó la cabeza y llamó al sol que brillaba resplandeciente: "Oh gran sol, tú eres el ser más fuerte del mundo, ¿quieres casarte conmigo?" El sol sonrió y dijo: "Hay alguien más fuerte que yo, mira, aquella nube negrísima puede ponerse delante de mí y tapar mi luz."

El ratoncito corrió enseguida a toda prisa hacia la imponente nube y le hizo la misma propuesta. La nube respondió con su voz atronadora: "Más fuerte que yo es el viento que sopla con fuerza, me arrastra hacia donde quiere." Entonces el ratón siguió al viento que soplaba y bramaba y le ofreció su amor. Pero el viento dijo con un rugido: "Mi fuerza no alcanza a aquella montaña elevada, se alza ante mí como una muralla inquebrantable." El ratón, que llegó a la cima de la imponente montaña que había escalado, pidió con orgullo a la montaña que se casara con él. La elevada montaña suspiró profundamente y dijo: "Yo resisto al viento, pero no puedo impedir que un pequeño ratón excave mi pecho."

Al oír estas palabras, el ratoncito se quedó paralizado de asombro al comprender que la fuerza superior que buscaba estaba en su propia especie. Comprender que su diminuto cuerpo podía doblegar a una enorme montaña destruyó por completo su soberbia. Bajó corriendo alegremente desde la cumbre, volvió a su propio valle y allí conoció a una humilde ratona de campo. Los dos ratoncitos empezaron a vivir una vida feliz en un hogar cálido lleno de lealtad y amor. Quien busca lejos su propio valor comprende al fin que la verdadera fuerza y la verdadera paz están escondidas en su propia esencia. No hay sabiduría como conocer la propia carencia.