El pez de río y el pez de mar
Hace mucho tiempo, esta historia sucedía en una costa fecunda donde los arroyos plateados se encontraban con los mares transparentes. Un pez de río soberbio, que se deslizaba en el regazo de las aguas dulces, presumía sin cesar del brillo de sus escamas. En aquel lugar, donde las olas inmensas espumaban con calma, nadaba también un pez de mar curtido que venía de los mares profundos. Los habitantes de dos reinos distintos se miraron a los ojos por primera vez en aquella charca tibia donde la corriente se cruzaba tan dulcemente. A medida que se filtraban los rayos del sol, el fondo de las aguas empezaba a resplandecer como un encantador palacio de mármol. El pez de río, con aire lánguido, hinchó sus aletas y lanzó una mirada jactanciosa al pez de mar que lo observaba.
"Mi linaje procede de las gélidas fuentes cristalinas de la cima más alta de aquellas montañas excelsas", dijo con orgullo. "Lejos de la sal que ensucia el agua, poseo un sabor incomparable y una respetabilidad inquebrantable." "Vosotras, criaturas de agua salada, en cambio, sois unos pobres desdichados arrastrados entre las olas bravías." Ante esa jactancia fuera de lugar, el pez de mar tomó con calma un hondo respiro y sonrió. "La nobleza no se mide con palabras áridas, sino con el valor verdadero que se demuestra, amigo del río", respondió. "Es fácil ser rey en el propio estanque pequeño, pero el mérito auténtico se descubre en el gran mercado."
El pez de río se enfureció mucho con esa respuesta y afirmó que él era un manjar digno de palacios. Justo en ese momento, la red de un pescador experimentado que se acercaba a la orilla se extendió despacio sobre el punto donde se unían las corrientes. Ambos peces se encontraron de pronto dentro de la red y fueron colocados uno al lado del otro sobre el mostrador. Los cocineros más ricos del mercado compraron el pez de mar con bolsas de oro y lo llevaron a una espléndida mesa de banquete. El pez de río, en cambio, fue apartado en un puesto corriente por unas pocas monedas de cobre y abandonado a la soledad. El pez soberbio, que se creía un gigante en sus propias aguas someras, comprendió con dolor que el valor auténtico no se gana con palabras vacías. El verdadero valor de una persona no aparece en sus propios elogios, sino en las duras pruebas de la vida. Un saco vacío no se tiene en pie.