El perro y el lobo
Érase una vez, al borde de un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, un lobo flaco cuyas costillas se podían contar. Mientras los gélidos vientos del invierno asolaban el valle, este pobre animal llevaba días sin tragar un solo bocado. Mientras buscaba comida desesperadamente, se encontró con un imponente perro doméstico, bien cebado y de pelaje reluciente. El lobo, que contemplaba con envidia el saludable estado del perro, admiraba en secreto su prosperidad. Este claro contraste entre ambos abrió la puerta a una profunda conversación que resonó en el silencio de la noche. El lobo se acercó con actitud amistosa y preguntó al perro el secreto de estar tan bien cuidado. El perro hinchó el pecho con orgullo y contó que su amo le daba carnes deliciosas todos los días.
"Si vienes conmigo a la aldea," dijo el perro, "tú también tendrás una caseta cómoda y comida abundante." "Basta con que sirvas a las personas y guardes la casa de los extraños," añadió alegremente. El lobo, desamparado por el hambre, al oír esta tentadora oferta decidió con entusiasmo seguir al perro. Mientras avanzaban juntos hacia la aldea, la luz de la luna iluminó una extraña marca en el cuello del perro. El pelo de la nuca del perro se había caído, y su piel, desgastada, estaba llena de llagas. El lobo se detuvo con curiosidad y preguntó con asombro por qué se había caído el pelo en aquella zona. El perro, restando importancia a la pregunta, dijo: "No es nada importante, solo es la marca del collar al que me atan durante el día."
Al oír esta respuesta, los pasos del lobo se detuvieron de repente, y un profundo estremecimiento cayó sobre su corazón. "¿Así que no puedes correr y vagar libremente cuando quieras?" preguntó con voz temblorosa. El perro respondió con actitud relajada: "No siempre, pero las comidas deliciosas valen esta pequeña restricción." El lobo, enamorado de su libertad, comprendió en ese instante el verdadero precio de la caseta y de los banquetes. Sin mirar siquiera atrás, empezó a huir hacia las profundidades del bosque oscuro. Antes que una esclavitud servida en bandeja de oro, había preferido de corazón quedarse libre pero hambriento. Los banquetes bajo la opresión no valen nada al lado de la pobreza que trae la libertad. Metieron al ruiseñor en una jaula de oro, y él gritó: «¡Ay, mi patria!»