El perro que pidió un hueso a su amo
Érase una vez, en una cabaña de madera al borde de un bosque antiguo por donde corrían aguas frescas, vivían un viejo cazador y su perro fiel. Este perro audaz guardaba la cabaña de día y de noche, y con una sola señal de su amo se lanzaba a los bosques profundos. En una tarde fría en que los vientos de otoño esparcían las hojas amarillas, el cazador había puesto para sí una mesa espléndida en su cabaña. Mientras el alegre crepitar del hogar calentaba la habitación, el exquisito olor de las carnes asadas se extendía en oleadas hasta cada rincón de la cabaña. El perro, que tenía muchísima hambre, no podía apartar ni un instante sus ojos hechizados del hueso grande y carnoso que había sobre la mesa. Se acercó en silencio a la rodilla de su amo y empezó a mirarle a los ojos con miradas tristes.
Doblando un poco las patas delanteras y apoyándolas en la rodilla de su amo, emitió sonidos tiernos llenos de gratitud. El sabio cazador, mientras comía con gran apetito los sabrosos bocados de su plato, contempló con una sonrisa los gestos elegantes de su perro. El fiel amigo movió sin cesar la cola con una alegría rítmica para llamar la atención de su amo. Murmuró como si dijera: "Mi señor, todo el día he montado guardia con lealtad en tu puerta y he hecho frente al viento helado sin ninguna queja." El viejo cazador ya no pudo permanecer indiferente ante esta petición insistente y respetuosa de su veterano amigo. Después de comer la parte más sabrosa de la carne de su plato, levantó en el aire el hueso grande sobre el cual quedaban exquisitos trozos de carne.
"Tu servicio de tantos años y tu inquebrantable fidelidad no quedarán ciertamente sin recompensa", dijo, y miró a su perro con cariño. Con la sonrisa afectuosa en su rostro, el cazador dejó con ternura aquel hueso generoso delante del perro. El animal fiel, ante este noble don de su amo, ladró de alegría y se inclinó con respeto hasta el suelo. Agarró el hueso, se retiró a su rincón cálido junto al hogar y empezó a masticarlo con gran deleite. Mientras la mano cálida de su amo le acariciaba la cabeza, sintió la paz de recibir la recompensa de la lealtad y la buena educación que había mostrado. Después de aquella noche feliz, el perro fiel consideró la mayor virtud servir a su amo con respeto. El viejo servidor que ofrece su esfuerzo y su lealtad con palabras dulces nunca queda privado del don generoso que le corresponde. Las palabras dulces sacan incluso a la serpiente de su agujero.