El perro, el tesoro y el buitre
Érase una vez, al borde de un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, un perro fiel y curioso. Un buen día este perro simpático salió a pasear bajo los árboles sombríos olfateando la tierra. Mientras escarbaba la tierra blanda, le llegó a la nariz un olor misterioso y reluciente. Empezó a cavar el suelo a zarpazos y halló un gran tesoro de oro escondido en lo hondo. Las joyas del cofre brillaban bajo el sol con una luz deslumbrante. Mientras el perro miraba el tesoro con asombro, un buitre astuto que planeaba en lo alto bajó en picado. El buitre se posó en la rama seca de un árbol viejo y empezó a observar al perro con ojos agudos.
El buitre graznó: "¿De qué te van a servir estas piedras relucientes?" El perro levantó la cabeza con orgullo y respondió: "Ahora soy un animal rico y poderoso." Con una sonrisa burlona el buitre dijo: "Por este metal amarillo los hombres se destruyen unos a otros." "Tú eres un perro, y este tesoro no te dará ni comida ni paz." El perro no hizo caso de las palabras del buitre y decidió montar guardia junto al tesoro. Al pasar las horas y ponerse el sol, al perro empezó a rugirle el estómago y a faltarle las fuerzas. No podía comer ni un bocado del tesoro ni marcharse de allí a cazar.
Alrededor empezaron a oírse los pasos de lobos hambrientos y de cazadores peligrosos. Al comprender que el peligro se acercaba, el perro se dio cuenta con dolor de que el oro no podía protegerlo. El miedo que sentía mientras velaba el tesoro había destruido por completo la alegría de la riqueza. Al final el perro recobró el juicio, dejó allí el oro y corrió hacia el bosque profundo. Cuando halló un hueso seco y llenó la barriga, comprendió el verdadero valor de la libertad y la salud. El buitre allá arriba, en cambio, miró al perro alejarse y sonrió en silencio. Las riquezas innecesarias que no nos hacen falta nos traen solo carga y miedo en vez de felicidad. Poca comida, cabeza sin preocupaciones.