El pajarero y la cigarra
Hace mucho tiempo, en un caluroso día de verano en que las espigas doradas se mecían, una dulce alegría se escondía entre las hojas verdes. En las ramas altas de un viejo plátano vivía una cigarra alegre. Desde la mañana hasta la noche, este diminuto animal cantaba al bosque sus canciones más hermosas. Sus melodías viajaban con el viento y daban una gran paz a todo el que las escuchaba. Pero por el sendero cercano al bosque andaba un pajarero astuto que cazaba pájaros todo el día.
Cuando el pajarero oyó aquella voz fuerte y alegre entre los arbustos, se detuvo enseguida. Creyendo que el sonido venía de un pájaro grande y carnoso, abrió los ojos con codicia. Preparó despacio sus varitas de liga y se acercó en silencio al árbol. La cigarra, en cambio, estaba sobre una hoja alta y celebraba la belleza de la naturaleza. Con sus ojos agudos vio las trampas pegajosas en la mano del pajarero y cortó su canción al instante. Justo cuando el hombre iba a poner la trampa sobre la rama, el pequeño animal saltó a una rama más alta. Mirando al hombre de abajo, le preguntó: «¿Qué harás conmigo si me atrapas, pajarero?»
El cazador miró hacia arriba con asombro y, al ver que la voz venía de un insecto diminuto, sintió vergüenza. La cigarra sonrió con sabiduría y llamó al hombre. «Yo no tengo carne sabrosa, solo tengo una voz que alegra el calor del verano.» El pajarero se asombró mucho al ver que hasta un pequeño insecto era bastante listo para entender sus trampas. Con las manos vacías y el rostro lleno de vergüenza, recogió sus varitas y se marchó de allí. Dejarse engañar por la apariencia y por el sonido y buscar en todo un gran provecho solo trae vergüenza. No todo pájaro que canta sirve para la olla.