El murciélago
Érase una vez, en un espeso bosque más allá de los valles verdes, vivían muchísimos animales, grandes y pequeños. Durante largos años, las aves que planeaban por el cielo y los fuertes cuadrúpedos de la tierra convivieron en amistad. Pero un día, por una pequeña disputa, estalló una gran guerra entre los alados y los que andaban por el suelo. El murciélago, astuto habitante del bosque, no lograba decidir de qué lado ponerse en aquella pelea. Tenía un corazón egoísta que siempre quería estar en el bando vencedor. El primer día de la guerra las aves atacaron en bandadas y tomaron la ventaja, y el murciélago batió enseguida sus alas. Voló hasta las aves y gritó: "Yo también soy de los vuestros, ¡mirad cómo puedo volar libremente por el cielo!"
Pero al día siguiente los animales de tierra avanzaron con valentía y obligaron a las aves a retroceder. Al ver esto, el astuto murciélago no perdió tiempo y se refugió junto al jefe de los animales de tierra. Mostrando sus dientes afilados y su pelaje, dijo: "Yo también soy un mamífero que pare crías vivas, igual que vosotros." Durante días, el murciélago se pasaba al bando que pareciera más fuerte y cambiaba su lealtad al instante. Cuanto más cambiaba de bando, más se alegraba por dentro, creyendo que obraba con enorme inteligencia. Mientras intentaba ganarse la confianza de ambos lados, no se dio cuenta de que en realidad acumulaba un gran odio. Al final, los dos bandos se cansaron de aquella guerra sin sentido y decidieron hacer las paces.
Reunidos en la plaza de la celebración, los habitantes del bosque hablaron de la inconstancia y de la hipocresía del murciélago. Tanto las aves como los animales de tierra expulsaron de entre ellos a aquella astuta criatura que los había traicionado. Lleno de vergüenza, el murciélago ya no se atrevió a salir a la luz del día. Desde aquel día tuvo que esconderse en cuevas profundas y oscuras para que nadie lo viera. Solo cuando llegaba la noche y todos dormían, empezaba a volar a escondidas en la más negra oscuridad. Las falsas amistades ganadas con hipocresía dejan al hombre, al final, completamente solo y a oscuras. Quien iza sus velas según el viento acaba ahogándose en la tormenta.