El mono y el zorro
Érase una vez, en el corazón de un bosque profundo donde susurraban hojas amarillas y doradas, vivían animales encantadores. En este bosque rondaba un zorro astuto que se enorgullecía de su cola larga y peluda. La cola vistosa del zorro ondeaba como una bandera cuando soplaba el viento y llamaba la atención de todos. Pero un mono pequeño del mismo bosque vivía tiritando entre las ramas curvadas. La espalda del mono estaba completamente desnuda, y cuando soplaba el viento frío el pobre animalito temblaba de arriba abajo. Un día de otoño el mono vio al zorro que arrastraba su cola suave entre los arbustos.
La cola del zorro era tan larga que detrás de él tocaba el barro y el polvo del suelo. Cuando el mono vio esto, se acercó enseguida al zorro y empezó a hablar con cortesía. “Querido amigo, esta cola enorme tuya toca el suelo y se ensucia”, dijo el mono. “Yo, en cambio, no tengo ni un pelo que me cubra la espalda; no sé qué hacer con el frío”, añadió. “Si me das un trozo pequeño de tu cola, me libraré de pasar frío”, rogó. “Así tu cola tampoco tocará el suelo y no se ensuciará”, dijo, tratando de convencer al zorro.
El zorro astuto se detuvo, miró al mono y levantó la nariz al aire con soberbia. Erizando su pelo, el zorro respondió con un tono de voz duro. “Aunque mi cola se arrastre por el barro y se ensucie, eso es mejor que servirte a ti”, dijo. “Aunque recoja el polvo del suelo, no te daré ni un solo pelo de ella”, añadió. Ante estas palabras egoístas y crueles del zorro, el mono no supo qué decir. Sin remedio subió a las ramas altas del árbol y siguió lamentándose de su propio estado. Las personas egoístas prefieren malgastar lo que tienen en las manos antes que compartirlo con los demás. Si repartimos, quedamos llenos; si nos dividimos, nos perdemos.