El Médico y el Enfermo
Había una vez un anciano en un pueblo pequeño y bonito. Un día este hombre se puso muy enfermo y cayó en la cama. Los vecinos llamaron enseguida al médico más famoso del pueblo. El médico cogió su gran maletín y entró en la habitación del anciano. Miró al enfermo con una sonrisa y lo examinó con mucho cuidado. A la mañana siguiente el médico volvió y preguntó por el hombre.
El enfermo dijo: «Sudé toda la noche, mi cuerpo ardía». El médico respondió con alegría: «Es una noticia muy buena, estás mejorando». El segundo día el enfermo dijo: «Temblé mucho, sentí un frío de hielo». El médico sonrió otra vez y dijo: «Perfecto, esto también es una gran señal». El tercer día el enfermo dijo: «Me dolió el vientre y quedé muy débil». El médico dijo con entusiasmo: «Muy bien, tu cuerpo echa fuera la enfermedad».
Por la tarde un viejo amigo vino a visitarlo. El amigo preguntó con curiosidad: «¿Qué dice el médico, cómo estás?». El enfermo se sentó despacio en la cama con una sonrisa amarga. «El médico llama muy bueno a cada mala señal», dijo. «¡Pero yo me muero entre tantas buenas noticias!», añadió. Las palabras bonitas no cambian la verdad; hay que mirar siempre los hechos. Del dicho al hecho hay mucho trecho.