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El médico, el rico y su hija

Nivel C2 · 386 palabras

El médico, el rico y su hija

Érase una vez, en un pueblo rico donde se alzaban mansiones de torres doradas, el mercader más acaudalado de Oriente. El único ser que este hombre amaba en el mundo era su encantadora hija de cabellos de seda y ojos de gacela. Pero en un implacable día de invierno, la joven cayó en cama y contrajo una grave enfermedad para la que no se hallaba remedio. Cada vez que veía el rostro pálido de su hija, el mercader se debatía impotente entre lágrimas en su mansión semejante a un palacio. Los médicos que llegaron de los cuatro rincones del país no lograron hallar cura alguna para aquel mal misterioso. Al fin, desde tierras lejanas, un joven médico de ropas humildes pero de gran destreza llegó a la mansión. Sumido en la desesperación, el hombre rico suplicó al médico y le hizo una gran promesa.

"Si salvas a mi única hija de este mal implacable, te daré la mitad de mi fortuna y la mano de mi hija", dijo. El médico astuto comprendió al instante que la enfermedad de la joven no era del cuerpo, sino una tristeza nacida de la soledad. Junto con un jarabe especial que preparó con hierbas curativas, le contó cuentos llenos de esperanza y le devolvió la alegría. En pocos días la joven sanó por completo y se levantó de su cama sonriendo. Pero al ver que su hija había recobrado la salud, el mercader avaro empezó a arrepentirse de la gran promesa que había dado. En lugar de entregar al médico la fortuna que le correspondía, el hombre rico le tendió solo unas cuantas bolsas de oro sin valor. "La curación de mi hija ya estaba escrita en el destino, con esto tienes de sobra", dijo, y no cumplió su palabra.

Ante aquella injusticia del mercader codicioso, el digno médico sonrió con calma, sin enfadarse en absoluto. "No fue solo mi medicina la que curó, sino la esperanza de la honrosa palabra que disteis", dijo, y rechazó el oro. La hija, que fue testigo de la injusticia del mercader, sintió una profunda vergüenza por aquella actitud de su padre. La joven se opuso a su padre y le dijo que debía cumplir su palabra, o de lo contrario abandonaría la mansión. Estremecido por el miedo a perder a su hija, el mercader comprendió su error, se inclinó ante el médico y le entregó el valor que merecía. Cumplir la palabra dada es el tesoro más preciado y el verdadero honor del ser humano. La palabra sale de la boca una sola vez.