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El marido y la mujer

Nivel C1 · 386 palabras

El marido y la mujer

Érase una vez, en una aldea verde donde murmuraban ruidosos arroyos, un hombre ingenuo y su mujer astuta, que aspiraba a cosas más altas. En las horas en que su marido estaba en el campo, la mujer invitaba en secreto a un mercader rico a la casa y le ponía mesas deliciosas. Adornados con alfombras vistosas y comidas de dulce olor, estos encuentros secretos siguieron durante días sin que nadie lo supiera. Pero una tarde, como el tiempo se estropeó de repente, el marido ingenuo llegó a casa en un momento inesperado. La mujer, desconcertada por el golpe en la puerta, escondió al mercader con pánico dentro del gran baúl de madera del cuarto. Cuando el hombre cansado entró, vio el banquete sobre la mesa y preguntó con asombro: "¿Y para quién es toda esta preparación?"

La mujer astuta sonrió sin perder en absoluto la calma y tomó con respeto la pesada capa de la mano de su marido. "Amado mío", dijo la mujer, "un anciano de barba blanca que entró en mi sueño anunció la buena noticia de que esta noche vendrá a nuestra casa un gran huésped." Mientras el hombre creía ingenuamente lo que decía su mujer y le brillaban los ojos, se oyó desde el baúl un leve sonido de tos. La mujer abrazó enseguida a su marido, que sospechó y se volvió hacia el baúl, y le dijo palabras dulces para detenerlo. "No abras nunca esa tapa", susurró la mujer, "allí están escondidos los regalos sagrados que he prometido para ti." El hombre fue engañado por estas palabras de su mujer, salió por la puerta y empezó a decir una oración de gracias en el jardín.

La mujer despierta aprovechó la ocasión, abrió el baúl enseguida y dejó que el mercader escapara en silencio por la puerta trasera. El hombre terminó su oración y volvió adentro, y cuando abrió la tapa del baúl encontró solo una tela vacía. El marido, que no pudo entender lo que había pasado, cayó por completo en este juego magistral que su mujer había tramado y se resignó a su destino. La mujer, en cambio, se sintió orgullosa de su propia inteligencia ante la ingenuidad de su marido, pero nunca volvió a emprender asuntos tan peligrosos. Así el marido ingenuo nunca supo que había sido engañado, y la paz de la casa siguió con una mentira inventada. Toda mentira dicha para cerrar el ojo de la verdad adelgaza al final el suelo de la confianza. Con la cuerda de una mentira no se baja al pozo.