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El macho cabrío y el lobo

Nivel C2 · 399 palabras

El macho cabrío y el lobo

Érase una vez un macho cabrío inteligente que vivía en la cima de un cañón inmenso, donde los altos acantilados susurraban con el viento. Con sus cuernos curvos y su porte orgulloso, este macho cabrío se deslizaba libremente por los acantilados escarpados y se alimentaba de brotes frescos de tomillo. Pero en el valle apartado, al pie del precipicio, merodeaba un lobo de mirada taimada que vagaba hambriento desde hacía días. Cuando los rayos rojos del sol de la tarde iluminaron las rocas, el lobo clavó los ojos arriba, en el sabroso macho cabrío. Pero como no se atrevía a trepar por las rocas escarpadas, se le ocurrió un engaño astuto. El lobo adoptó su tono de voz más amable, levantó la cabeza y empezó a hablar. "Oh, majestuoso hermano macho cabrío, ¿por qué pierdes el tiempo ahí arriba, sobre una roca estrecha, con el peligro de caer?"

"Mira, en el fondo del valle hay hierba jugosa y blanda que brilla como la esmeralda." "Baja aquí conmigo y compartamos juntos este banquete delicioso; llena tu barriga con gusto." El macho cabrío, que miraba tranquilamente hacia abajo desde el borde de la roca, notó enseguida la chispa de hambre en los ojos del lobo. El viejo macho cabrío se acarició la barba y sonrió con socarronería al astuto depredador. "Te agradezco tu generosa oferta, amigo mío, pero no estoy nada seguro de que pienses en mí", respondió. "Lo que te quita el juicio no es el sabor de la hierba que yo comería, sino directamente mi propio sabor." "No me invitas a las hierbas del valle, sino a la mesa oscura de tu propio estómago."

Ante estas palabras el lobo no supo qué decir y comprendió que su astucia no había servido de nada. El lobo hambriento, al ver que lo habían descubierto, metió la cola entre las patas con aire avergonzado. Aunque volvió la vista atrás con una última esperanza, vio que el macho cabrío no se movía de su lugar seguro en las alturas. El astuto cazador se alejó en silencio hacia las profundidades del bosque oscuro, acompañado por el rugido de su estómago vacío. El macho cabrío, por su parte, siguió masticando en paz los brotes de tomillo en su acantilado empinado y seguro. Gracias al ingenio y a la cautela, aquella tarde el macho cabrío salvó su vida y disfrutó de su libertad. Quienes saben ver las intenciones ocultas tras las palabras dulces siempre se mantienen lejos de posibles desastres. El lobo muda el pelo, pero no las mañas.