El lobo y la paloma que recogía ramas
Érase una vez, al borde de un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, vivían una paloma sabia y un lobo orgulloso. La paloma recogía con ternura ramitas y maleza para construir un nido firme para el duro invierno que se acercaba. El lobo, que vagaba por un rincón escondido del bosque, observaba aquel esfuerzo febril con ojos despectivos. El lobo, que confiaba mucho en su propia fuerza muscular y en su grandeza, se acercó al diminuto pájaro con aire arrogante. El viento murmurante del bosque susurraba una profecía silenciosa de que dos naturalezas distintas se encontrarían. "Oye, pajarito, ¿crees que puedes pasar el invierno con estas ramitas endebles?", rugió el lobo. La paloma batió las alas con gracia y dijo: "Cada rama pequeña recogida con paciencia se convierte en un gran escudo en la tormenta."
El lobo arrogante propuso: "Ven, hagamos una carrera; quien recoja más leña hasta la tarde, que gane." La paloma aceptó en silencio este desafío desigual y siguió recogiendo ramitas, deslizándose de rama en rama. El lobo, en cambio, por presumir, intentó levantar enormes troncos de árbol de una sola vez. Aplastado bajo los pesados troncos, el lobo pronto quedó empapado en sudor y cayó agotado. La paloma hábil, en cambio, sin desanimarse, llevó ramas ligeras y firmes con pasos rápidos y completó su nido. El lobo, enloquecido por su ambición, puso el ojo en el trabajo de la paloma para tapar su propio fracaso. "¡Ya que tú has recogido más, entonces tu nido y mi comida serás tú!", bramó.
En el momento en que el lobo furioso se lanzó sobre el nido, las ramitas puntiagudas tejidas con maestría se derrumbaron sobre él como una trampa. Con un movimiento rápido, la paloma voló hasta una rama alta de roble y se puso a salvo. Atrapado bajo los pesados troncos y las ramas punzantes, el lobo empezó a agitarse sin remedio por su propia soberbia. Gracias a su inteligencia y a su tenacidad, la paloma escapó del peligro y recibió la estación del invierno en paz en su nido protegido. El lobo, en cambio, que pagaba el precio de su egoísmo y de su engaño, se quedó completamente solo en el frío helado. Toda obra tejida con esfuerzo y con inteligencia siempre vence a la fuerza bruta y al engaño. La mucha astucia rompe el saco.