El lobo y el sacerdote
Érase una vez, a la orilla de un bosque antiguo donde las aguas frescas susurraban melodías, vivía un lobo orgulloso. Este lobo, cansado ya del odio de los aldeanos, decidió convertirse en un respetado hombre de saber. Llamó a la puerta de un sabio sacerdote que vivía en su cabaña en un rincón apartado del bosque. Cuando el viejo sacerdote vio a este huésped salvaje ante su puerta, sintió primero un profundo asombro. Aun así, con su corazón misericordioso aceptó enseñar las letras a este alumno de aspecto entusiasta. A la mañana siguiente comenzó la primera lección y el sacerdote extendió sobre la mesa un grueso libro de letras. El bondadoso sacerdote puso el dedo en la primera página y dijo: "Dime, esta es la letra 'A'."
El lobo miró la letra, pero enseguida le vinieron a la mente los corderos gordos que pacían en los prados. El sacerdote percibió su vacilación y preguntó: "Y bien, ¿qué te evoca la letra 'B'?" El lobo tragó saliva con impaciencia y respondió: "Me evoca el sabor de los terneros cebados del redil." Sin desanimarse, el sabio siguió explicándole los textos sagrados y las sutilezas del alfabeto. Pero el lobo, aunque parecía escuchar con reverencia, no lograba librarse de los sueños de caza de su mente. El sacerdote se rindió al fin, se quitó las gafas y miró a los ojos del lobo. "¿Qué hay de verdad en tu mente, me lo dirás con honestidad?" le dirigió su pregunta.
Con aire avergonzado el lobo bajó la cabeza y expresó la verdad que llevaba dentro. "Lea usted la letra que lea, yo solo veo rebaños de ovejas que balan," dijo. Los instintos que la naturaleza había grabado hondo pesaban mucho más que las gotas de tinta del papel. El viejo sacerdote, comprendiendo que es imposible cambiar la esencia de un ser, cerró el libro despacio. Y el lobo, con la lección aprendida, se alejó en silencio hacia las sombras del bosque. No se pueden cambiar con la educación las costumbres y los deseos arraigados que vienen de la naturaleza de un ser. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.