El lobo y el erizo
Érase una vez, a la orilla de un bosque antiguo por donde corrían aguas frescas, un lobo famoso por su astucia. Con su corpulencia imponente y sus dientes afilados, este lobo amenazaba constantemente a todos los animales indefensos de su entorno. En un rincón apartado de aquel mismo bosque frondoso residía un erizo que vivía a su aire, sumamente listo y precavido. Un día, al caer el crepúsculo, el lobo hambriento empezó a avanzar sigilosamente por el sendero en busca de un sabroso bocado. Al ver al diminuto erizo que salía de pronto de entre los arbustos, sus ojos hambrientos brillaron con gran apetito y con soberbia. Riendo a carcajadas con su voz potente, el lobo dio un paso amenazador hacia su pequeño rival. "Llevo tanto tiempo hambriento y por fin he encontrado una presa crujiente para comer como aperitivo", rugió.
El erizo, conservando la calma, erizó impasible sus púas un poco más y tomó la palabra de inmediato. "Comerme es fácil, poderoso lobo, pero si las púas de mi cuerpo se te clavan en la garganta, te arrepentirás", dijo. El lobo insolente no hizo ningún caso de estas advertencias, se burló del erizo y se lanzó hacia delante con avidez. Entonces el erizo listo, con el fin de salvarse, empleó su ingenio y propuso una apuesta. "Si quieres tragarme, veamos primero quién rueda más rápido desde aquella alta colina hacia abajo", dijo. Seguro de su victoria, el lobo altivo, sin hacer la menor concesión, aceptó de inmediato esta curiosa propuesta. Los dos subieron juntos a los peñascos escarpados y se alinearon con entusiasmo uno al lado del otro para la carrera.
El erizo se hizo enseguida una bola y, protegido por sus púas afiladas, empezó a rodar suavemente colina abajo. El lobo, cegado por la codicia, se aceleró sin control y chocó contra rocas duras y matorrales punzantes. Al llegar abajo, el lobo vencido, cubierto de heridas y magulladuras por todas partes, gemía lastimeramente de dolor. El erizo, que había llegado a la meta sin el menor esfuerzo y sin siquiera un rasguño, contempló el estado indefenso del lobo y sonrió. El lobo maltrecho aceptó su derrota, no le quedaban fuerzas y se alejó de allí a toda prisa sin volver siquiera la vista atrás. Quienes confían en la fuerza de sus brazos y se entregan a la soberbia están siempre condenados a inclinarse ante la victoria de un ingenio agudo. La cabeza loca hace penar a los pies.