El lobo y el barquero
Érase una vez, a la orilla de un río profundo por donde las aguas impetuosas corrían con estruendo, vivía un viejo barquero. Este río, a la sombra de las montañas neblinosas, separaba el bosque oscuro donde reinaban las fieras de las aldeas apacibles. Un buen día, un lobo moteado, famoso por su astucia, olió los rebaños gordos de la otra orilla y bajó al borde del río. Al caer la noche, observó con ojos astutos al anciano que estaba apoyado en su barca de madera. Con una falsa postura mansa, parecida a la de un perro, se acercó al barquero y empezó a hablar con lengua dulce. "Oh sabio barquero, si me llevas pronto a la otra orilla, te haré un gran favor", dijo.
El viejo barquero comprendió enseguida la intención solapada del lobo por el brillo codicioso de sus ojos. "Yo no remo gratis; si quieres pasar al otro lado, debes pagarme por adelantado", respondió. Como el lobo sabía que no tenía ni una sola moneda en el bolsillo, prometió al barquero palabras más valiosas que el oro. "Te protegeré de todos los peligros del bosque, con tal de que me lleves a aquellas tierras fértiles", dijo. El barquero, que fingía estar convencido, admitió al lobo en su pequeña barca de madera. Cuando la barca llegó al lugar más hondo y agitado del río, al lobo se le acabó la paciencia y salió a la luz su verdadero rostro.
Gruñó mostrando sus dientes afilados y gritó: "¿Quién puede impedirme ahora que te coma?" El anciano, que conservó la calma, levantó su pesado remo en el aire sin mostrar la menor inquietud. Primero le dio al lobo un fuerte golpe en el hocico con el mango del remo. La fiera, aturdida por lo que le había ocurrido, perdió el equilibrio y rodó a las aguas frías y espumosas. El lobo, que luchaba con la corriente, salvó a duras penas la vida y logró salir arrastrándose a la orilla de la que había venido. El lobo malintencionado pagó el precio de su astucia con el miedo a ahogarse en las aguas heladas del río. Quien parte con el engaño nunca se libra de caer en el pozo que él mismo cavó. La mentira tiene las patas cortas.