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El lobo que ayunaba

Nivel C1 · 348 palabras

El lobo que ayunaba

Érase una vez un lobo viejo que vivía al borde de un bosque antiguo por donde corrían aguas frescas. Durante años aquella criatura astuta había sembrado el miedo entre los animales indefensos de alrededor, pero al fin sintió su vejez y empezó a sentir arrepentimiento. Con la intención de que le perdonaran sus pecados pasados, decidió no comer nada de carne durante cuarenta días enteros. Anunció con orgullo esta santa intención a todas las criaturas del bosque y empezó a caminar por el sendero con la cabeza bien alta. Sin embargo, apenas al tercer día del ayuno, los rugidos que subían del estómago del viejo lobo empezaron a poner a prueba su paciencia. Mientras vagaba desesperado a la sombra de los árboles verdes, vio en el prado cercano un cordero gordo y sabroso que pastaba alegremente.

La lana blanca y suavísima del cordero y su olor apetitoso bastaron para quebrar toda la voluntad del lobo en un solo instante. Mientras se le hacía la boca agua, susurró para sí mismo: "No puedo faltar a mi palabra, pero tampoco puedo soportar esta hambre insoportable." Con pasos furtivos y silenciosos se acercó al prado y clavó los ojos con codicia en el cordero. El pobre cordero retrocedió con miedo y preguntó: "Respetable lobo, ¿no estabas ayunando y no ibas a herir a ningún ser vivo?" El lobo entornó los ojos con aire taimado y examinó al cordero de arriba abajo, buscando una excusa ingeniosa. "Soy un animal fiel a su palabra, jamás rompo mi propósito", empezó a decir con una falsa seriedad.

Luego, con una sonrisa traicionera, añadió: "Pero al mirarte con atención comprendo que tú desde luego no eres un cordero." "¡Ese cuerpo blanco tuyo que reluce resplandeciente bajo el sol y tu figura rolliza solo pueden ser una sabrosa col!", dijo. Por mucho que el cordero se debatiera e intentara demostrar que era un cordero, el lobo astuto no quiso escucharlo. "Yo solo estoy comiendo una col fresca de la huerta", dijo, y de un salto se lanzó sobre el cordero y se dio un festín. Los que carecen de una verdadera intención y sucumben a su apetito siempre inventan una mentira a la medida para calmar su propia conciencia. Quien prepara el robo, prepara también la excusa.