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El lobo que aprendió a leer

Nivel C2 · 366 palabras

El lobo que aprendió a leer

Érase una vez, en el corazón de un bosque profundo por donde fluían aguas frescas, vivía un lobo codicioso pero muy curioso. Cuando este lobo vio que el sabio búho del bosque enseñaba a leer a los demás animales, le entró un gran entusiasmo por el alfabeto. Su objetivo no era aprender el saber, sino saber leer para engañar fácilmente a las presas débiles y atraparlas. Una mañana fue bajo el roble de hojas plateadas y le dijo al búho que quería recibir clases de él. Aunque el sabio búho sospechaba de la intención del lobo, no rechazó al alumno y le puso delante la tabla de madera. Cuando el búho señaló la primera letra y dijo "A", el lobo gritó con impaciencia: "¡Apetitoso cordero de cabeza blanca!" Cuando el maestro sacudió la cabeza con tristeza y le mostró la letra "B", el lobo se relamió con apetito y respondió: "¡Bien cebado macho cabrío!"

Por más que se esforzaran, la mente del lobo no estaba en las letras, sino solo en su estómago. En ese momento, un burro listo que paseaba por el bosque observó desde lejos aquel esfuerzo tan gracioso del lobo. El burro se acercó enseguida al lobo y le dijo que podía ayudarlo en su lección. El lobo preguntó con aire burlón: "¿Y tú qué entiendes de letras?" El burro dijo con voz muy tranquila: "En mi herradura trasera está escrito un sello de valor incalculable." El lobo, que quería presumir de la lectura que apenas había empezado a aprender, aceptó de inmediato leer aquella escritura misteriosa. El lobo, que se acercó con curiosidad a la pata trasera del burro, se concentró con atención en las líneas confusas grabadas en el casco.

Mientras el lobo intentaba descifrar las letras, el burro, con un movimiento repentino, le plantó una coz en la mandíbula. El desdichado lobo, sin comprender qué le había pasado, rodó dando volteretas hasta los arbustos cercanos. El lobo, que se sujetaba la nariz hinchada y la mandíbula dolorida, comprendió la verdad con una amarga experiencia. Comprendió que aprender el saber exige una virtud más profunda que la fuerza bruta o el engaño. El astuto cazador, ya castigado, desapareció en silencio hacia las profundidades del bosque. Quien persigue el saber con mala intención acaba siendo víctima de su propia ignorancia. Cual es la intención, tal es la fortuna.