El lobo monje
Hace mucho tiempo, junto a un bosque profundo por donde corrían aguas frescas, vivía un lobo astuto. Aquel viejo lobo estaba ya cansado y agotado de tantos años cazando los rebaños de los aldeanos y huyendo después. Al fin, para procurarse una vida sin esfuerzo, se le ocurrió una astucia magnífica. Robó del monasterio de la colina un viejo hábito de monje, se lo echó encima y adoptó la figura de un santo varón. Anunciando que se había arrepentido, que dejaba la carne y que viviría solo de oraciones, se deslizó hacia la aldea. Los aldeanos y las ovejas, conocidas por su candidez, quedaron atónitos ante aquella conversión espiritual y empezaron a creer al lobo.
El lobo, dentro de sus ropas de monje, clavaba los ojos en el cielo y fingía recitar oraciones con recogimiento. Un tierno rebaño de ovejas se reunió alrededor de aquel actor consumado y se puso a escuchar sus consejos. El lobo astuto decía: "Queridos hermanos, mi corazón está ahora lleno de amor y me he consagrado a protegeros a todos." Justo en ese instante, entre la hierba verde del prado apareció un cordero rollizo y bien cebado. Mientras el sol del atardecer hacía brillar la suavísima lana del cordero, los ojos del lobo relumbraron de codicia. Al lobo se le hizo agua la boca, olvidó de golpe las oraciones aprendidas de memoria y lanzó un hondo suspiro.
"¡Mirad ese sabroso bocado que me distrae la mente mientras rezo!", no pudo evitar murmurar. Incapaz de dominar su propio apetito, el lobo arrojó lejos el hábito y se lanzó de repente sobre el cordero. Pero el pastor y sus fieles perros aguardaban alerta ante semejante trampa traicionera. Los perros, ladrando con furia, rodearon al falso monje y lo acosaron sin piedad. El lobo, que salvó la vida a duras penas, tuvo que huir a las oscuras profundidades del bosque sin mirar siquiera atrás. Así quedó ante los ojos de los aldeanos la verdad de que cambiar de disfraz no cambia el carácter. La falsa devoción y las intenciones encubiertas muestran sin falta su verdadero rostro en la primera prueba. El lobo muda el pelo, pero no las mañas.