El leopardo y los pastores
Érase una vez, al borde de un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, vivía una pantera fuerte que deslumbraba con su belleza. Este animal orgulloso, con su piel de brillantes manchas y sus pasos deslizantes, era el habitante más llamativo del bosque. En los amplios pastos cercanos, en cambio, había pastores que apacentaban sus ovejas y cuyos caracteres eran bastante distintos entre sí. La vida salvaje de lo profundo del bosque y el mundo de los hombres se encontraban rara vez en un equilibrio sereno y apacible. Un buen día la pantera desdichada, mientras perseguía a su presa, cayó en un hoyo hondo que los cazadores habían cavado antes. Por más que se esforzara el animal desvalido, no lograba salir de aquel hoyo empinado y hondo. A la mañana siguiente unos pastores crueles que pasaban junto al hoyo se fijaron enseguida en la pantera atrapada.
En vez de salvarla, empezaron a golpearla con los palos que llevaban y a arrojarle piedras pesadas. Por desgracia, estos hombres bastos contemplaron con gran regocijo los rugidos llenos de dolor del pobre animal. Hacia la tarde otros pastores compasivos que pasaban por allí intentaron enseguida impedir esa falta de conciencia. "No atormentéis a esta alma inocente, también ella es una criatura de Dios", les recriminaron con dureza. Los pastores compasivos dejaron en el hoyo un trozo de carne y agua para que el animal desdichado reuniera algo de fuerza. Los pastores de mal corazón, pensando que la pantera moriría antes del amanecer, se rieron y tomaron el camino de su aldea. La pantera lista, que había descansado toda la noche y había reunido fuerzas con la comida que le dieron, hizo con rabia un último intento.
Clavando sus garras afiladas en la tierra, trepó fuera del hoyo y por fin recobró su libertad. Cuando llegó el alba, avanzó en silencio hacia los rediles de los pastores crueles que le habían hecho daño. Queriendo darles una gran lección, dispersó sus rebaños e hizo huir con miedo a aquellos hombres crueles. Pero nunca tocó las casas ni los rebaños de los pastores de buen corazón que le habían dado comida y salvado la vida. Así, el equilibrio justo de la naturaleza mostró claramente la diferencia entre el bien y el mal. La compasión sincera que se muestra a las personas y a los seres vivos es el escudo más fuerte que protege a uno en los tiempos difíciles. Quien hace el bien halla el bien.