El león y la bestia legendaria
Érase una vez, en un reino encantado donde los ríos de plata corrían resplandecientes, vivían el León, Rey de los Bosques, y la Bestia del cuerno de plata. La corona de plata del inmenso reino en lo profundo del bosque era desde hacía años una cuestión de orgullo entre aquellos dos imponentes rivales. Cuando el León rugía, el cielo temblaba, y cuando la Bestia agitaba su cuerno de plata, hasta las hojas se inclinaban con respeto. Los dos querían ser el único dueño de aquella propiedad magnífica y competían entre sí con una codicia que nunca se agotaba. El pueblo del bosque contemplaba aquella disputa interminable con ojos inquietos pero igual de curiosos. Una templada mañana de primavera, bajo los árboles susurrantes, los dos rivales orgullosos se enfrentaron de nuevo. El León erizó su melena y gritó: "Yo soy el único dueño de esta corona, ¡te inclinarás ante mí!"
La Bestia, en cambio, alzó su cuerno de plata hacia el sol y respondió: "La verdadera belleza y la fuerza están en mí, ¡la corona es mi derecho!" Pelearon sin piedad durante todo el día en medio del prado, y el polvo y el humo se mezclaron. El viejo sabio pastelero del bosque les llevó panes recién horneados y sabrosos bollos para calmar la pelea. Los dos se detuvieron un rato y llenaron el estómago, pero en cuanto se saciaron volvieron a mirarse con codicia. "Comer pan no basta, ¡hay que elegir al único señor de esta propiedad!", tronó el León. La Bestia relinchó con orgullo y siguió desafiándolo. El enfrentamiento duró horas; ni el León se rindió ni la Bestia dio un paso atrás.
Al final los dos cayeron agotados de cansancio y perdieron por completo sus fuerzas. Justo en ese instante llegó un zorro astuto que acechaba la ocasión y se llevó de en medio la corona de plata que había quedado sin dueño. Las dos criaturas orgullosas, tendidas en el suelo sin fuerzas, vieron sin remedio cómo la corona desaparecía ante sus ojos. En aquel momento comprendieron que el esfuerzo despiadado gastado en vano solo les había traído cansancio y pérdida. El León y la Bestia ardieron de profundo arrepentimiento por haber dejado que otro se llevara la perla del reino a causa de una rivalidad sin sentido. Desde aquel día los dos imponentes amigos decidieron compartir no la corona, sino la amistad y la paz. La rivalidad ciega nacida de la avaricia hace perder al hombre los tesoros más valiosos que tiene en sus manos. Dos rivales nunca comparten el mismo techo.