El ladrón y el escarabajo
Érase una vez, al borde de un viejo bosque por donde corrían aguas frescas, un ladrón codicioso. Este hombre era de los que ponían los ojos en lo alto y había tomado la costumbre de apoderarse con facilidad del esfuerzo ajeno. Un día robó del dormitorio del comerciante más rico del pueblo un anillo de oro que brillaba resplandeciente. Aprovechando la oscuridad de la noche, echó a huir de prisa con su botín hacia los árboles espesos. Su propósito era esconderse en lo profundo del bosque antes de que nadie despertara y borrar del todo su rastro con las primeras luces de la mañana. El ladrón, rendido de cansancio, se refugió en el hueco de un gran plátano y respiró hondo.
Justo cuando había sacado su anillo de oro y se ponía a contemplarlo con admiración, apareció a su lado un pequeño escarabajo. Aquel diminuto escarabajo de caparazón brillante empezó a trepar hacia el anillo con gran curiosidad. El ladrón sonrió con rabia y dijo: "Apártate de mi camino, criatura insignificante, este tesoro es más valioso de lo que tú puedes entender!" El escarabajo no hizo caso alguno y, subiéndose con obstinación sobre el anillo, empezó a hacer crujir sus duras alas. El crujido que salía resonaba en el silencio de la noche y se volvió un sonido tan agudo que podía llamar la atención de los guardias que lo perseguían. El ladrón intentó apartar al escarabajo con la mano, pero el diminuto ser volvió enseguida y siguió con su persecución.
Además, el escarabajo hizo rodar el anillo con sus patas y lo arrastró fuera del hueco, justo bajo la luz de la luna. El destello del anillo saltó al instante a los ojos de los guardias del pueblo que buscaban al ladrón en el bosque. El hombre, que trataba de entender qué ocurría, al oír los pasos de los guardias intentó huir con pánico. Pero en la oscuridad su pie se enganchó en una gran raíz, cayó de bruces al suelo y fue apresado. Mientras los guardias recogían el anillo, el pequeño escarabajo se deslizó en silencio entre las hojas, como si hubiera cumplido su tarea. El ladrón, que jamás había pensado que un pequeño escarabajo pudiera causar una gran desgracia, se encogió con arrepentimiento entre sus grilletes. Ninguna injusticia queda oculta; hasta el detalle más pequeño basta para sacar la verdad a la luz. No cargues con la maldición del oprimido; sale despacio.