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El ladrón y el diablo

Nivel C1 · 380 palabras

El ladrón y el diablo

Érase una vez, en un viejo pueblo detrás de las montañas nevadas, famoso por su ruina, un hombre llamado Cihan cuyos ojos había cubierto la codicia. Cihan tenía por carga ganar con el sudor de su frente y contaba como una habilidad suya robar injustamente el sustento de los demás. Una noche de niebla, cuando una oscuridad total había caído sobre el pueblo, se puso en camino a escondidas hacia la mansión del rico jefe de caravanas. A mitad del camino, un hombre extraño de voz potente, que se deslizaba entre las sombras y cuyos ojos brillaban como brasas, salió de pronto a su encuentro. Cihan, que retrocedió con miedo, comprendió enseguida que aquel extraño viajero no era un hombre común. El extraño, mirando a Cihan con una sonrisa taimada, dijo: "No temas, amigo mío, yo también soy un artista al que le gusta robar el esfuerzo de los demás, igual que a ti."

Cihan le propuso: "Si tu intención es la misma, robemos juntos el oro del jefe de caravanas y repartámoslo por mitades." El extraño, soltando carcajadas, respondió: "El oro sea tuyo, mi ojo está puesto en un botín mucho más valioso." Juntos se deslizaron dentro por el jardín de la enorme mansión y llegaron con facilidad a la sala donde estaba el inmenso cofre de oro. Mientras Cihan llenaba su saco de joyas, el extraño se convirtió de pronto en una sombra enorme y espantosa y sumió la sala en una oscuridad total. El Diablo, cuyo verdadero rostro salió a la luz, rugió: "Mi asunto no es el oro, sino el alma oscura de un ladrón codicioso como tú!" Cihan, al ver las terribles llamas del infierno del Diablo, comprendió con espanto el último punto al que llega la maldad.

Cihan, cuya ambición de riqueza se evaporó en un instante, arrojó al suelo el saco que tenía en la mano y echó a correr hacia fuera con todas sus fuerzas. Mientras las carcajadas del Diablo resonaban en sus oídos, corrió sin aliento toda la noche y se lanzó a la puerta de un templo seguro. Después de aquella noche Cihan aprendió por amarga experiencia a qué abismo tan espantoso arrastra a una persona la ganancia injusta. Juró no volver a poner nunca la mano sobre los bienes ajenos y llevar una vida honrada. Quien se pone en camino con la maldad no tiene por compañera más que la desgracia. Quien siembra vientos, recoge tempestades.