El hombre, su hijo y el asno
Érase una vez, en un pueblo tranquilo abrazado por fragantes bosques de pinos, vivían un viejo campesino y su pequeño hijo. Esta familia modesta, que se ganaba la vida con honradez, resolvía en silencio todos sus trabajos con la ayuda de su fiel y manso burro. Una mañana resplandeciente, acompañados por alegres trinos de pájaros, emprendieron un largo viaje hacia el mercado del pueblo. Mientras la luz del sol iluminaba los campos dorados, el padre y el hijo tomaron la rienda de su burro y comenzaron a caminar con alegría. Al poco rato se encontraron con unos comerciantes que descansaban junto al manantial al borde del camino. Uno de los comerciantes, riendo con aire burlón, dijo que estaban asombrados de aquel hombre insensato que caminaba teniendo debajo una montura fuerte.
Avergonzado por esta crítica, el anciano levantó suavemente a su hijo y lo sentó sobre la blanda albarda del burro. Pero después de avanzar un rato, una anciana que trabajaba en el campo cercano empezó a refunfuñar. Cuando la mujer vio que el niño joven y robusto iba sentado cómodamente mientras hacía andar a su viejo padre por el camino polvoriento, lo reprendió. El padre avergonzado bajó a su hijo y se instaló él mismo sobre el lomo del burro. Al acercarse a la plaza del pueblo, esta vez los detuvieron unas muchachas que llevaban agua. Las muchachas dijeron que el padre cruel pensaba en su propia comodidad mientras agotaba a su pequeña criatura bajo el calor abrasador.
El hombre desesperado, que no sabía qué hacer, decidió tomar también a su hijo detrás de sí y continuar juntos el viaje. Justo cuando llegaron a la entrada del puente, los aldeanos que los rodeaban gritaron que aquella carga era un gran tormento para el animal. El hombre, cansado de obrar siempre según las palabras de los demás, comprendió por fin que, hiciera lo que hiciera, no podría contentar a la gente. El padre sabio, que se volvió hacia su hijo y sonrió, bajó del burro y le aconsejó que no se apartaran del camino que ellos mismos sabían justo. Desde aquel día, el padre y el hijo escucharon no las palabras de los demás, sino solamente la voz de su propia conciencia y de su propia razón. Quien intenta contentar a todos al mismo tiempo, al final pierde su propio juicio y su propio camino. El hombre que mira la boca de los demás termina por vestir un saco.