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El hombre en la barca

Nivel C2 · 384 palabras

El hombre en la barca

Érase una vez, junto a un río antiguo de aguas de brillo plateado, vivía un pescador sabio. En el crepúsculo de la tarde la superficie del agua reflejaba las estrellas del cielo como un espejo enorme. El viejo pescador Kerem se sentaba cada noche en la orilla y escuchaba con profunda reverencia los cuentos susurrados que traía el agua. Aquella noche una sombra misteriosa surgida de la niebla se acercó a la orilla rompiendo lentamente el silencio de las aguas serenas. Era una pequeña barca cuyas tallas de madera relucían como el oro, sin remos, pero que se deslizaba sola contra la corriente. Justo en el centro de la barca un hombre misterioso permanecía en silencio, con el rostro cubierto por un largo manto con capucha. "Oh pescador cansado, ¿quieres subir a esta barca mágica y llegar al tesoro invisible de la otra orilla?", preguntó el forastero.

Cuando Kerem oyó la voz grave y profunda del hombre, no pudo apartar los ojos de la barca tallada. La oferta parecía tentadora, pero la otra orilla del río era una tierra peligrosa de la que los codiciosos nunca habían regresado. "¿El tesoro consiste en oro y diamantes, o está escondida allí la paz que busco?", respondió Kerem. El hombre de la barca sonrió levemente y, tendiendo su farol hacia el agua, iluminó la oscuridad. "Quien pone el pie en mi barca se encuentra con el verdadero rostro del mayor deseo de su corazón", dijo lentamente. "Si tu intención es pura, las profundidades del río te revelarán su secreto más precioso." Kerem dio un paso sin vacilar, y en el momento en que sus pies tocaron el suelo de madera de la barca ocurrió un milagro.

Con el susurro mágico del viento, la barca empezó a avanzar deprisa, hendiendo las olas de niebla del centro del río. Las luces relucientes que subían del fondo del río simbolizaban el sosiego del corazón y la sabiduría que Kerem había anhelado durante años. El hombre misterioso de la barca desapareció de pronto, y la barca se convirtió en un guía sabio que ofrecía a Kerem la riqueza de su propio mundo interior. En aquel instante el viejo pescador comprendió que las riquezas mundanas son pasajeras y que el verdadero tesoro se oculta en las profundidades del alma. Cuando llegó a la otra orilla, con las primeras luces de la mañana el río le había regalado una paz infinita. La persona que se contenta es la que posee el mayor tesoro del mundo. La satisfacción es un tesoro inagotable.