El halcón y el azor
Érase una vez, al borde de un bosque antiguo por donde corrían aguas frescas, dos aves rapaces que vivían en lo alto de los altos riscos. Uno era el sabio halcón, conocido por su paciencia, y el otro el impaciente gavilán, que presumía de su rapidez. Mientras el gavilán planeaba en las profundidades azules del cielo, se enorgullecía de sus ojos afilados y batía las alas con impaciencia para atrapar su presa. El halcón, en cambio, se instalaba sobre una roca y prefería esperar su sustento con sosiego. Estas dos aves, los cazadores maestros del bosque, veían la vida y la caza con ojos muy distintos. Una mañana, cuando la luz dorada del sol se colaba entre las hojas, el gavilán se posó otra vez junto al halcón con aire altivo.
"Ay, amigo, ¿cómo llenarás tu barriga sentado así sin hacer nada?" preguntó con burla. El halcón volvió la cabeza con calma y respondió: "Cada criatura espera su propia parte, y quien se apresura se enreda en sus propios pies." En ese momento apareció una pequeña paloma entre una maraña de matorrales a lo lejos. El gavilán gritó: "¡Mira, mis ojos afilados no dejan escapar ninguna presa, y ahora te probaré mi fuerza!" Aunque el halcón intentó advertirle, el orgulloso gavilán no prestó oído a las advertencias. Con una velocidad tremenda se lanzó desde el cielo hacia abajo, derecho a la paloma que estaba en medio del matorral.
Pero como la codicia le había nublado los ojos, no advirtió la trampa ni los finos alambres que el cazador había escondido entre los matorrales. Justo cuando el gavilán iba a atrapar a la paloma, quedó enredado en los alambres de la trampa cuidadosamente puesta, y cuanto más batía las alas, más apretado quedaba. El ave altiva, que se debatía en la impotencia, sintió un gran arrepentimiento cuando estaba a punto de caer como presa del cazador. El halcón, que observaba todo desde el alto risco, descendió planeando junto a su amigo y logró romper la soga de la trampa con su pico poderoso. El gavilán, que recobró la libertad pero con las alas heridas, había pagado caro el precio de su codicia y de su soberbia. Desde aquel día, el gavilán aprendió a apreciar la paciencia y la sabiduría del halcón. La soberbia fundada en la impaciencia y la codicia es una trampa peligrosa que arrastra a la ruina incluso los talentos más poderosos. Quien se levanta con prisa se sienta con arrepentimiento.