El gorrión y la liebre
Hace mucho tiempo, al borde de un bosque fresco donde perfumaban flores de colores, vivía una pequeña liebre. Esta liebre recogía hierba fresca durante todo el día y escuchaba con alegría los susurros del dulce viento. En la rama de un árbol alto se posaba un gorrión bastante soberbio y parlanchín que se metía en todo. El gorrión se creía la criatura más lista del bosque y se burlaba sin cesar de los esfuerzos de los demás animales. Una tarde en que el sol brillaba resplandeciente, apareció de pronto en el cielo una sombra negrísima. Una enorme águila planeó en silencio y tendió una emboscada a la liebre indefensa que paseaba tranquila por el prado.
Atrapada entre las garras afiladas, la liebre empezó a gritar de dolor, debatiéndose desesperada por su vida. El gorrión, sentado en su cómoda rama, vio esta escena lastimosa y, en vez de ayudar, cantó con tono burlón. "¿No eras tú el corredor más rápido del bosque? ¿Por qué no usaste esas patas ágiles y huiste?", gritó. El pajarillo, que no daba ningún valor al dolor ajeno, siguió dando consejos con aire de sabiondo, mirando desde arriba a la liebre indefensa. "¡Si te hubieras esforzado un poco más habrías podido librarte fácilmente de las garras de ese pájaro enorme!", se jactó. En ese mismo instante, un ágil azor que oyó la burla ruidosa del gorrión planeó desde el cielo.
Antes de que el gorrión parlanchín comprendiera siquiera qué ocurría, el azor lo arrancó de la rama con sus garras afiladas. El gorrión soberbio, atónito por lo que le había pasado, empezó esta vez a debatirse desesperado por su propia vida. El pajarillo que se había alegrado y jactado de la desgracia ajena pagó muy caro el precio de su propia falta. El águila, al ver al azor hambriento, se asustó, soltó su presa y se alejó rápidamente hacia las nubes. Los que se burlan de la dificultad ajena en vez de aprender de ella invitan a su propia desgracia. No te rías de tu vecino, te llegará a ti.