El gato juez
Érase una vez, a la orilla de un bosque antiguo por donde las aguas frescas corrían con suavidad, vivía un gato de enormes bigotes y porte orgulloso. Conocido por su pelaje suavísimo y sus pasos solemnes, este gato se había presentado como un repartidor imparcial de justicia. Los diminutos habitantes del bosque se reunían cada mañana bajo su imponente roble para que resolviera las disputas entre ellos. Sin embargo, bajo la gorra de este juez de aire erudito se ocultaba la mente de un cazador hambriento y astuto. Este gato llamado Kadife entornaba los ojos y pronunciaba discursos sobre la justicia, y le encantaba ganarse la confianza de los ratoncillos. Un buen día, dos ratones astutos que reñían por el trigo del granero se presentaron sin aliento ante el Gato Juez. El viejo gato se alisó su largo pelaje, que parecía una toga, y se acomodó en su estrado con un aire solemne.
"Acercaos, amiguitos míos, dar al justo lo que le corresponde es mi deber más sagrado", dijo con voz dulce. Sin advertir la sonrisa del gato bajo sus bigotes, los ratones comenzaron a enumerar con entusiasmo sus reclamaciones. Mientras el Gato Juez cerraba los ojos y fingía sumirse en profundos pensamientos, en realidad intentaba ahogar los rugidos que venían de su estómago. "Vuestro caso es muy enrevesado, por eso, para anunciar la sentencia, los dos debéis cerrar los ojos y esperar", ordenó. En ese momento, un joven ratón llamado Plata Listo, que estaba al fondo de la multitud, sospechó de la situación y se adelantó. Plata había notado que las afiladas garras del gato asomaban levemente y que había adoptado la postura de la caza. "¡Alto, no cerréis los ojos!", gritó el valiente ratón joven.
Despertadas por la advertencia de Plata, las partes del pleito vieron en el último instante que el gato se abalanzaba sobre ellas. Perdiendo la calma, el falso juez arrojó a un lado la máscara de la justicia y se lanzó hacia delante rugiendo de rabia. Pero los ratones, que estaban alerta, lograron huir con un movimiento ágil a las profundas grietas de las rocas cercanas. Con las zarpas vacías y su engaño al descubierto, el Gato Juez quedó completamente solo y en ridículo en medio del bosque. El pueblo del bosque había comprendido por fin el verdadero rostro de aquel cazador astuto que llevaba la máscara de la piedad y la justicia. No dejarse engañar por las palabras adornadas y las posturas falsas permite que uno se proteja de posibles desgracias. El sermón del zorro es la muerte de las gallinas.