Todos los cuentos

El gato con hábito de monje

Nivel C1 · 365 palabras

El gato con hábito de monje

Érase una vez, a la orilla de un bosque antiguo por donde corrían aguas frescas, un gato viejo famoso por su astucia. Como ya no podía correr tan deprisa como antes, le costaba atrapar a los ratones en sus madrigueras y buscaba desesperadamente nuevos remedios. Un buen día se le ocurrió una treta inconcebible: se caló un gorro de fieltro en la cabeza y se colgó al cuello un largo rosario. Dándose aires de monje devoto, se retiró al hueco de un árbol enorme, cerró los ojos y se puso a rezar. Los diminutos ratones de los alrededores, al ver a aquel gato de aspecto sabio y manso, sintieron un gran asombro. El más viejo de los ratones, con todo su valor, se acercó unos pasos al hueco del árbol.

Con voz sumamente suave, el gato dijo: "Ya me he arrepentido de mis pecados pasados, no hago daño a nadie." Prosiguiendo con su discurso, explicó con dulzura que en adelante solo se alimentaría de hierba y buscaría la paz en la oración. Los cándidos ratones creyeron aquellas palabras de apariencia sincera y poco a poco renovaron su confianza en el gato. Cada atardecer se reunían alrededor del astuto gato y escuchaban sus consejos con gran reverencia. Pero, en cuanto terminaba la ceremonia, el gato cazaba en silencio al ratón más rezagado, el que quedaba detrás del grupo. En pocos días la comunidad se desangraba y el número de ratones disminuía de manera visible.

Un joven ratón despierto que sospechó de todo aquello decidió una tarde espiar la ceremonia a escondidas desde una rama alta. Justo cuando todos se dispersaban, vio que el gato atrapaba a un ratón con la afilada garra que asomaba bajo su hábito. Al instante el joven ratón gritó con espanto: "¡Este gato no es un monje, solo es un cazador disfrazado!" Los ratones, al comprender la verdad, huyeron presas del pánico hacia lo más hondo de sus madrigueras. Así, las mentiras que el astuto gato pronunciaba con tanta dulzura, y su treta con ellas, quedaron por completo en nada. Desde aquel día los ratones no volvieron a dejarse engañar por las apariencias y aprendieron a vivir siempre precavidos. Quienes se dejan seducir fácilmente por palabras adornadas y por el aspecto exterior advierten demasiado tarde el peligro oculto tras ellas. El lobo muda el pelo, pero no las mañas.