El ganso y el cuervo
Érase una vez, a la orilla de un lago claro por donde las aguas frescas corrían con dulce donaire, vivía una gansa blanquísima. Esta gansa, imagen misma de la elegancia, se deslizaba cada mañana sobre las olas plateadas y cantaba canciones con alegría. Pero un cuervo negrísimo que residía en el viejo plátano del bosque la observaba a escondidas y la envidiaba en su interior. Mientras el cuervo miraba con admiración aquellas plumas sin igual de la gansa y su reputación en el lago, sentía una honda vergüenza de su propio aspecto. Al fin el cuervo orgulloso decidió hacer un plan peligroso y absurdo para poder parecer tan noble como la gansa. Una mañana el cuervo se acercó con aire presuntuoso a la gansa que se deslizaba hacia la orilla del lago.
"Oh, mi amigo blanco, ¿es el secreto de tus plumas tan brillantes que te bañas a menudo en esta agua helada?", preguntó. La gansa, meneando la cabeza con aire amistoso, respondió: "Este es mi hogar, pero el agua jamás cambia el color de las plumas." Pero el cuervo ambicioso no creyó esta verdad y estaba convencido de corazón de que sus propias plumas también se volverían blancas al lavarse. El cuervo abandonó de inmediato su viejo muladar y su nido en el bosque, y se instaló por completo en la orilla del lago. Durante todo el día se arrojaba a las aguas frías, se agitaba y se frotaba las plumas como si se lavara con jabón. Pero por mucho que se esforzara, sus plumas negrísimas no mostraban el menor cambio de color.
Además, en aquel entorno húmedo al que no estaba acostumbrado, no hallaba comida y se debilitaba día a día de hambre y de frío. Unas semanas después, el cuervo, exhausto, había llegado a un estado en que ya ni siquiera podía batir las alas. La gansa, llena de amor, corrió en ayuda del cuervo tembloroso, lo sacó del agua e intentó calentarlo con la punta del pico. El cuervo comprendió al fin qué gran ignorancia era sacrificar su propia esencia por un sueño vacío. Al volver a su propia naturaleza y a su hábitat, el cuervo nunca más aspiró a ser otro. Quienes se dejan llevar por pasiones contrarias a su naturaleza están condenados a perder incluso lo que tienen y a sufrir la decepción. Zapatero, a tus zapatos.