El gallo y la perla
Érase una vez, en el corral de una granja ancha donde ondeaban espigas doradas, un gallo cuyas plumas brillaban con fuerza. Cada mañana, al salir el sol, este gallo cantaba con una voz potente que llegaba quién sabe a qué tierras y despertaba a todos los de alrededor. Pasaba sus días en paz, escarbando la tierra húmeda y buscando sabrosos granos de trigo e insectos diminutos. Los altos robles que se alzaban tras las cercas del corral lo acompañaban con sus dulces susurros cada vez que soplaba el viento. Una mañana calurosa en que el sol brillaba con fuerza, empezó a escarbar la tierra con ganas para llenar la barriga. Con cada golpe de su pico en la tierra, el gallo esperaba encontrar algo sabroso. De repente notó entre el estiércol y el barro un brillo deslumbrante.
Acercándose con curiosidad, apartó la tierra con la pata y sacó un objeto liso y blanco. Era una perla perfecta, que relucía como si hubiera caído del tesoro de un reino. Cuando la luz del sol daba en la perla, se esparcían alrededor unos colores de arcoíris embriagadores. El gallo inclinó la cabeza a un lado y miró largo rato aquella piedra preciosa que brillaba con fuerza. "Qué brillante y delicada te ves", murmuró con asombro. "Si te hubiera hallado un joyero, seguramente habría saltado de alegría y te habría creído de un valor incalculable." "Pero yo no necesito ni adornos lujosos ni piedras relucientes."
El gallo apartó la mirada de la perla, levantó un poco la nariz al aire y dio un hondo suspiro. "En vez de un tesoro de valor incalculable como tú, preferiría un solo grano de maíz bajo la tierra embarrada", dijo. Porque para un estómago hambriento todas las joyas del mundo no valían ni un puñado de pienso. Dejando la perla brillante tal cual estaba en el barro, el gallo sabio dirigió sus pasos al otro lado de la granja. Al poco rato halló un grano de trigo fresco, se lo comió con gusto y siguió cantando alegremente. El verdadero valor no está en la apariencia lujosa, sino en cubrir directamente una necesidad. El valor del oro lo conoce el orfebre.