El espantapájaros
Érase una vez, en un valle fértil donde el viento susurraba dulcemente, un deslumbrante campo de trigo dorado. Justo en medio de este campo se alzaba un majestuoso espantapájaros con un sombrero gastado en la cabeza y un cálido corazón de paja en el pecho. Las gentes de la comarca lo veían como el guardián invencible del campo por su aspecto aterrador y se mantenían lejos. Sin embargo, tras su majestuosa postura, este espantapájaros solitario poseía un alma sumamente sensible que se acercaba con amor a cada ser vivo de la naturaleza. De día contemplaba el cielo infinito, y de noche pasaba el tiempo escuchando en silencio los cuentos brillantes de las estrellas. Una calurosa tarde de verano, una enorme bandada de cuervos hambrientos a causa de la sequía cubrió de pronto el cielo. El líder soberbio de la bandada se posó con aire atrevido sobre el hombro de madera del espantapájaros y comenzó a graznar.
"¡Oh hombre de madera, apártate de inmediato para que llenemos nuestros vientres con estos sabrosos granos de trigo!", gritó. El espantapájaros los advirtió con una sonrisa sabia: "Si saqueáis este campo, el laborioso campesino pasará hambre todo el invierno." El líder de los cuervos no hizo el menor caso de esta advertencia y se lanzó con codicia hacia la primera espiga fresca. Entonces el espantapájaros empezó a agitar sus brazos de madera con gran furia, con la ayuda del fuerte viento que soplaba. Las viejas campanas de metal prendidas en su ropa resonaron de repente, retumbaron en el valle y asustaron a los cuervos. "¡Jamás permitiré que dañéis este campo sagrado sembrado con el sudor de la frente!", rugió el espantapájaros. Ante esta voluntad inquebrantable y aquella voz majestuosa que se alzaba, la bandada se aterró en un instante y retrocedió.
Esta postura decidida y el corazón noble que mostró el espantapájaros despertaron una profunda admiración en la mente de los cuervos hambrientos. El líder de los cuervos descendió planeando con aire avergonzado, pidió perdón y prometió que nunca dañarían la cosecha del campo. El espantapájaros también, ante tanta sinceridad, mostró su generosidad y aceptó compartir con ellos los granos caídos esparcidos por la tierra. Así se pusieron en el valle los cimientos de una amistad profunda y de una paz que durarían muchos años. El campesino, cuando llegó el otoño, recogió con alegría la abundancia de su campo y sonrió con gratitud a su fiel espantapájaros. Una actitud justa y decidida es capaz de convertir incluso las enemistades más implacables en amistades duraderas. Quien bien hace, bien encuentra.