El escarabajo orgulloso
Érase una vez, en lo más profundo de un bosque mágico adornado con flores de dulce aroma, vivía un escarabajo de caparazón negro y reluciente. Este escarabajo era tan soberbio que, al mirar el brillo de su caparazón bajo el sol, se creía la criatura más noble del bosque. Cada mañana trepaba sobre las hojas y hinchaba el pecho con orgullo, mirando al águila sublime que planeaba en el cielo. Despreciaba la vida modesta de los demás escarabajos pequeños y creía que él también debía reinar en los cielos como aquella ave imponente. Las hormigas sabias del bosque lo advirtieron muchas veces, pero el escarabajo soberbio no prestó oído a ningún consejo. Un mediodía, cuando los rayos ardientes del sol calentaban el bosque, trepó hasta la copa de un enorme plátano.
Justo entonces la magnífica águila abandonó sus anchas alas al viento y se posó con elegancia en una de las ramas del árbol. El escarabajo soberbio hizo crujir sus diminutas alas y caminó con valentía hasta una rama fina justo frente al águila. "Oye, ave sublime, los dos somos los soberanos incomparables de este bosque", gritó con aire orgulloso. Al principio el águila ni siquiera notó a esta criatura pequeña y ruidosa, y luego dirigió su mirada hacia abajo. El escarabajo continuó con ambición: "¡Si tú tienes alas, yo tengo una armadura lisa e irrompible!" El águila, sonriendo levemente, dijo: "La grandeza no está en la apariencia, sino en la razón y la humildad que llevas."
Pero el escarabajo, cegado por su ambición, decidió desafiar el aleteo del águila para demostrar su fuerza. El águila levantó sus alas descomunales en el aire con un solo movimiento y creó una poderosa tormenta de viento. El escarabajo desafiante intentó aferrarse a la hoja ante aquel viento implacable, pero no pudo sostenerse y fue arrastrado. Planeando como una hoja desde metros de altura, cayó con fuerza sobre la tierra húmeda y fangosa. Aquel caparazón precioso y reluciente quedó embadurnado de arriba abajo de barro negro como la pez y de una nube de polvo. El escarabajo soberbio, que apenas logró ponerse en pie, se quedó a solas con la amarga verdad de emprender cosas mayores que él. El orgullo de quienes no conocen sus propios límites está condenado a derribarlos desde la cima más alta hasta los fondos fangosos. Come un bocado grande, pero no digas una palabra grande.