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El derviche que puso a prueba a su criado

Nivel C1 · 379 palabras

El derviche que puso a prueba a su criado

Érase una vez un derviche virtuoso que vivía en una ermita tranquila abrazada por espesos bosques de pinos. Este anciano frágil quería poner a prueba la voluntad de Cihan, su joven discípulo que le servía fielmente desde hacía años. Mientras los vientos frescos del valle mágico hacían susurrar las hojas, el derviche por fin decidió dar al joven una prueba dura. Sacó de su mesa de madera un cuenco de cobre labrado y lo llenó con una miel curativa perfumada de ámbar. Llamó a su discípulo a su lado, lo miró con ojos cansados y le explicó el secreto del cuenco con voz solemne. "Hijo mío, hasta que yo vaya a la asamblea de los derviches, debes guardar este cuenco de miel como a tus propios ojos", dijo el anciano sabio. "Hasta que salga el sol, pase lo que pase, no probarás ni una sola gota de esta miel."

El joven inclinó la cabeza con respeto y prometió proteger el depósito de su maestro a costa de su propia vida. Cuando cayó la noche y las estrellas cubrieron el cielo, un delicioso aroma dulce empezó a llenar el interior de la cabaña. La garganta de Cihan se había secado, y su hambre y su sed habían llegado a un grado insoportable. Justo entonces una sombra misteriosa que se deslizó por la ventana intentó tentar la mente del joven. "Si pruebas solo una cucharada, ¿cómo lo sabrá tu maestro?", susurró la voz oscura. Cihan extendió la mano hacia el cuenco, pero en aquel mismo instante recordó las sabias palabras que su maestro había dicho sobre la lealtad. Respirando hondo, se alejó del cuenco, cerró los ojos y se puso a rezar con paciencia.

Mientras el alba irrumpía por detrás de las montañas, el derviche entró por la puerta con una sonrisa. Miró largamente el cuenco sobre la mesa y el rostro decidido del joven que esperaba con paciencia. Resultó que aquella sombra misteriosa que había puesto a prueba al joven en la noche era un fantasma que el derviche había creado con su propio aliento. El hombre sabio besó a su discípulo en la frente y lo felicitó de corazón por su lealtad y su voluntad. Aquel día Cihan comprendió que la mayor victoria es vencer los deseos de su propia alma. El depósito guardado con voluntad y lealtad es la corona más brillante que eleva al hombre al verdadero rango. Aunque la paciencia sea amarga, su fruto siempre es dulce.