El derecho a llorar
Érase una vez, al borde de un viejo bosque donde fluían aguas frescas, vivía un viejo cristalero y su nieta. El anciano hacía hermosas aves de cristal transparente, y su nieta Nisa cantaba hermosas canciones a estas delicadas estatuas. Un ruiseñor real con alas de oro que vivía en su cabaña les susurraba alegres melodías cada mañana. Pero una fría mañana de invierno, este querido ruiseñor cayó en un sueño infinito. El corazón de la pequeña Nisa se llenó de un profundo dolor, y lágrimas cálidas comenzaron a brotar de sus ojos.
En ese momento, el jefe de la guardia del palacio vino a recoger las aves de cristal encargadas para la fiesta del rey. Al ver a la niña llorando, frunció el ceño y habló con voz dura. "¡En nuestro país sentir tristeza está prohibido, debes limpiarte esas lágrimas de inmediato!". Nisa intentó ocultar sus lágrimas, pero el gran dolor en su corazón se atascó en su garganta como un nudo. El viejo cristalero dio un paso al frente, abrazó a su nieta y se mantuvo firme ante el guardia. "El luto por algo que se ama y se pierde no es una debilidad, sino el derecho más natural de haber podido amar", dijo el sabio maestro.
El guardia increpó con rabia: "¡Solo los débiles lloran, mientras que los fuertes siempre sonríen!". El anciano respondió con calma: "Un corazón que no puede llorar es como un cristal frío que no siente el calor". "Un alma a la que no se le da el derecho de vivir su dolor interior está condenada a volverse de piedra con el tiempo". Mientras las palabras del sabio maestro resonaban en el taller de madera, el jefe de la guardia se quedó petrificado por un momento. Al recordar a un viejo amigo que había perdido hace años, el endurecido corazón del guardia se ablandó de repente.
Bajando lentamente su lanza al suelo, lanzó una mirada comprensiva a la niña y salió en silencio. Nisa abrazó fuertemente a su abuelo y dejó salir libremente la pena que llevaba dentro. A medida que derramaba lágrimas sinceras, el recuerdo del querido ruiseñor brillaba aún más en su corazón. La verdadera tristeza es la huella más profunda y respetable que el amor deja en el corazón. La pena hace llorar, el amor hace cantar.