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El cuervo y las aves del banquete

Nivel C1 · 394 palabras

El cuervo y las aves del banquete

Érase una vez, al borde de un bosque antiguo por donde corrían aguas frescas, un valle magnífico en el que se reunían pájaros de todos los colores. Mientras el suave viento del otoño hacía bailar las hojas doradas de los árboles, los habitantes del bosque se habían entregado a los preparativos de un gran banquete. Frutas dulces, sabrosas semillas y bayas recién cogidas estaban dispuestas con esmero sobre una larga mesa de madera. Los ruiseñores cantaban sus canciones más bellas y los chochines recibían a los invitados batiendo las alas con alegría. Mientras todas las aves esperaban pasar aquel elegante festín en buena amistad, un cuervo astuto apareció detrás de los matorrales. Al ver los exquisitos manjares de la mesa, al cuervo le brillaron los ojos de codicia y se posó enseguida en medio de la reunión. “No sería nada justo que dierais cuenta vosotros solos de una mesa tan sabrosa”, dijo, y se aclaró la garganta con arrogancia.

El sabio búho del bosque se adelantó, saludó al cuervo con cortesía y lo invitó a la mesa. Pero el cuervo no se contentó con ser un invitado, sino que empezó a amontonar ante sí los bocados más grandes y más sabrosos. Mientras las demás aves se miraban con asombro, el orgulloso cuervo continuó su discurso jactancioso. “Habiendo un ave tan ilustre y tan sabia como yo, las frutas más dulces me pertenecen, por supuesto”, dijo. Además, mientras engullía apresuradamente la comida de la mesa, no dudaba en codiciar también la parte de las demás aves. Los gorriones y las palomas, sumamente molestos por aquella actitud codiciosa del cuervo, empezaron a refunfuñar. Mientras crecía esa tensión entre las aves, el cuervo se lanzó hacia adelante para arrebatar el higo dorado más preciado de la mesa.

Justo cuando iba a tragarse el higo, su codicia desmedida le hizo perder el equilibrio y cayó rodando en el gran cuenco de agua que había sobre la mesa. Con las plumas empapadas y pesadas, el cuervo quedó en una situación ridícula y empezó a debatirse, y toda la comida de la mesa se desparramó. Las demás aves sacaron juntas al cuervo del agua, pero contemplaron sonriendo su estado vergonzoso. Avergonzado de su injusticia y de su codicia, el cuervo alisó sus alas y tuvo que abandonar el valle en silencio. Las aves, por su parte, ordenaron de nuevo su mesa y prosiguieron su banquete con alegría y con justicia. Quienes codician lo ajeno y nunca se sacian pierden incluso lo que tienen y quedan condenados a la soledad. Quien mucho abarca, poco aprieta.