El cuervo y la paloma
Érase una vez, unas palomas orgullosas vivían en una granja de mármol blanco situada en el regazo de frondosos bosques. En aquel nido semejante a un palacio, las palomas blancas se alimentaban en abundancia de dulces granos de trigo y planeaban en paz. Un cuervo negrísimo, que observaba aquella espléndida mesa desde una de las ramas altas, se retorcía de hambre y suspiraba de envidia. Cansado de su propia vida dura, el cuervo ideó un día un plan astuto para participar en la vida cómoda de las palomas. El cuervo se sumergió en un barro de cal blanquísimo, se volvió blanco de la cabeza a los pies y pareció una elegante paloma. A la mañana siguiente, batiendo las alas en silencio, se deslizó entre las palomas blancas y empezó a comer el grano con calma.
Las palomas, que al mirar su apariencia exterior lo creyeron uno de los suyos, aceptaron entre ellas a este nuevo huésped sin vacilar. Durante días no emitió ningún sonido; se alimentó de trigo abundante y disfrutó de esta vida cómoda. Pero una alegre mañana de primavera, el cuervo, vencido por su entusiasmo, olvidó de repente su verdadera identidad. Graznando de alegría, empezó a gritar con todas sus fuerzas. Las palomas que oyeron su fea voz comprendieron enseguida que el pájaro que tenían delante era un extraño. Batiendo las alas con ira, las palomas blancas echaron al cuervo fuera del nido con sus picos afilados.
El cuervo desamparado, sin saber qué hacer, huyó rápidamente hacia su viejo bosque para salvar la vida. Pero cuando quiso volver junto a sus viejos amigos cuervos y refugiarse allí, le esperaba una sorpresa aún mayor. Los cuervos que vieron sus plumas blanquísimas no lo contaron entre los de su propia especie y lo trataron como a un extraño. "¡Tú no eres de los nuestros!", dijeron, y lo alejaron de ellos con sus duros picos. Por culpa de la identidad falsa que había obtenido con la mentira, perdió tanto el nido cálido como a sus propios amigos. Al quedarse solo, el cuervo pagó el precio de parecer otro completamente solo, hambriento y desamparado. Quien se muestra distinto de lo que es acaba perdiendo tanto su esencia como el lugar al que pertenece. Quien monta caballo prestado pronto se apea.