El codicioso y el envidioso
Érase una vez, en un pueblo antiguo que se extendía a la sombra de plátanos de raíces profundas, vivían dos vecinos uno al lado del otro. Uno de estos vecinos poseía una codicia tremenda que jamás se saciaba, mientras que el otro albergaba una envidia profunda que no soportaba la felicidad de los demás. La gente del pueblo estaba harta de su mala naturaleza y ya no sabía qué hacer. Un buen día, un sabio viajero que vio el estado en que se hallaban puso pie en el pueblo. El viajero decidió usar sus poderes misteriosos con el fin de dar a estos dos hombres una lección de vida. El viajero se acercó a los hombres y les anunció la buena nueva de que les concedería el derecho a pedir un solo deseo. Pero había una sola condición, muy especial y sorprendente.
Quien pidiera primero su deseo lo vería cumplido, pero al otro vecino se le daría exactamente el doble de ese deseo. Al oír esta regla, el hombre codicioso empezó enseguida a hacer en su interior un cálculo traicionero. Pensó que, haciendo que su vecino pidiera primero, él mismo recibiría el doble de oro. El hombre celoso, en cambio, se volvió loco de rabia ante la idea de que su vecino ganara más que él. Los dos estuvieron discutiendo largo rato entre ellos, diciendo: "Pide tú primero el deseo." Mientras el tiempo corría, el sabio viajero, cuya paciencia se había agotado, les hizo una última advertencia. "Si uno de vosotros no pide un deseo dentro de unos pocos minutos, perderéis esta oportunidad para siempre," dijo.
El hombre celoso, que jamás quería que su vecino se hiciera rico, tomó por fin su oscura decisión. Volviéndose hacia el viajero, gritó: "Deseo que me dejes ciego de un solo ojo." Así, su codicioso vecino quedaría ciego de los dos ojos a la vez y no podría vivir en la felicidad. Tras las palabras mágicas, el hombre celoso perdió un ojo, y el hombre codicioso perdió los dos ojos a la vez. Los dos vecinos, víctimas de sus malas intenciones, quedaron solos en la oscuridad de su propia ambición. Quienes buscan su provecho en el desastre ajeno siempre se causan a sí mismos el mayor daño. El vinagre fuerte daña su propia tinaja.