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El ciervo y los bueyes

Nivel B2 · 313 palabras

El ciervo y los bueyes

Érase una vez un establo enorme en una granja rica que abrazaban espesos bosques. En este establo vivían en paz unos bueyes serenos y mansos que tiraban del arado todo el día. En una cálida tarde de otoño, un ciervo cansado que huía de los perros de los cazadores salió disparado del bosque. En su desesperación saltó las cercas y se metió en el establo oscuro donde estaban los bueyes. Temblando de miedo, el ciervo intentó esconderse hundiéndose en lo hondo de los montones de paja. Un buey viejo que vio el desamparo del ciervo volvió despacio la cabeza hacia él. "Al esconderte aquí te has puesto en un gran peligro, pobre amigo mío", dijo con voz baja.

Jadeando, el ciervo suplicó: "Por favor, protegedme; me iré enseguida cuando oscurezca." A última hora de la tarde los trabajadores de la granja entraron en el establo y repartieron deprisa el pienso de los bueyes. Los obreros cansados, como tenían prisa, no se fijaron para nada en el ciervo del rincón oscuro. Creyendo que se había salvado, el ciervo respiró hondo y dio las gracias a los bueyes con gratitud. Pero el buey viejo movió la cabeza con tristeza y avisó otra vez al ciervo. "Los criados son descuidados, pero el verdadero peligro aún no ha llegado", dijo susurrando. "El señor de la granja lo ve todo; ningún detalle escapa a su ojo."

Hacia medianoche la pesada puerta del establo se abrió con un chirrido y entró el señor de la granja. El señor, que examinaba cada rincón con esmero, revisó primero los pesebres y luego los montones de paja. Al instante se fijó en la aguda cornamenta del ciervo que asomaba entre la paja. El señor llamó enseguida a sus criados e hizo atrapar sin esfuerzo al ciervo escondido. El desdichado ciervo, sin lugar adonde huir, pagó caro su imprudencia. Ninguna verdad oculta escapa al ojo de quien cuida su trabajo y su hacienda. El ojo del amo engorda al caballo.