El ciervo, el erizo y el jabalí
Érase una vez, en lo hondo de un bosque antiguo donde susurraban abundantes manantiales, vivían tres amigos diferentes. Un ciervo orgulloso de sus magníficos cuernos, un jabalí duro de dientes afilados y un erizo diminuto compartían esta tierra sombría. Mientras el ciervo presumía de su elegancia y de su rapidez, el jabalí se jactaba en cada ocasión de su fuerza inagotable. El erizo sabio, que vivía a su manera, observaba en silencio esta soberbia y esperaba que llegara el momento adecuado. Mientras los vientos de otoño esparcían las hojas, en el centro del bosque se encendió una gran discusión sobre quién era superior. El ciervo mantuvo la cabeza erguida con orgullo y afirmó que era el ser más magnífico de este bosque rico.
El jabalí, echando espuma de rabia, presentó su fuerza destructora, capaz de arrancar hasta las raíces más gruesas de los árboles. Mientras la tensión entre los dos subía cada vez más, el simpático erizo intervino y propuso una carrera ingeniosa. El erizo propuso declarar al más hábil del bosque a quien cruzara primero el sendero estrecho cubierto de arbustos densos. Los rivales aceptaron esta propuesta con miradas de desprecio y enseguida se pusieron en marcha hacia la meta. El ciervo arremetió con sus espléndidos cuernos, pero se enredó en las marañas de ramas y quedó inmóvil sin remedio. El jabalí, mientras intentaba abrir los arbustos con su enorme cuerpo, se enredó en unas lianas duras y espinosas.
La grandeza y la fuerza bruta no servían de nada a las dos criaturas gigantes en este laberinto difícil. El pequeño erizo, en cambio, se deslizó con su cuerpo encorvado por los huecos estrechos bajo los arbustos y avanzó con comodidad. Mientras los rivales se debatían en la desesperación, su amigo diminuto ya había llegado al punto de llegada. El erizo saludó al ciervo y al jabalí, que salían avergonzados de entre los arbustos, y sonrió con una dulce sonrisa. Las criaturas gigantes y jactanciosas comprendieron que la fuerza bruta y la apariencia exterior no bastan para superar cada obstáculo. Desde aquel día, los animales dejaron a un lado su orgullo y respetaron siempre la sabiduría del erizo humilde. La razón y la prudencia son siempre superiores a la fuerza bruta y a la vanidad vacía. Por más que crezca el árbol, no llega al cielo.