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El cazador y el campesino

Nivel C2 · 379 palabras

El cazador y el campesino

Érase una vez, a la orilla de un bosque espeso más allá de los valles verdes, un viejo labrador que trabajaba su tierra con fidelidad. Este hombre trabajador iba a su campo con las primeras luces de la mañana, guiaba el arado con sus manos callosas y sacaba su sustento de la tierra. Un día, un cazador orgulloso pasó por el borde del campo, con una escopeta labrada en plata al hombro y un cuchillo afilado al cinto. El cazador afirmaba ser el mozo más valiente de la ciudad y contaba con jactancia que había doblegado incluso a las fieras más feroces del bosque. Aquel día también sacaba pecho y lanzaba miradas altivas a su alrededor, buscando huellas como si persiguiera una presa enorme. El labrador, junto a su arado, se secó el sudor de la frente, se detuvo y miró de arriba abajo a aquel forastero soberbio. El cazador dirigió sus pasos hacia el labrador y empezó a hablar con un tono de voz orgulloso.

"Oye, viejo aldeano, ¿has encontrado alguna vez por aquí las huellas frescas de un león imponente?", preguntó. El labrador miró con ojos serenos el espléndido equipo con el que el cazador iba armado de pies a cabeza. "No hace ninguna falta que pierdas el tiempo buscando huellas, hombre valiente", dijo sonriendo. "Ahora mismo puedo mostrarte no solo sus huellas, sino al majestuoso león en persona." "Descansa un poco más adelante, detrás de la maleza, a la sombra de un gran plátano." Ante esta respuesta segura y sincera del labrador, el cazador se puso pálido de repente. Al cazador le flaquearon las rodillas, perdió de golpe su altiva postura de hacía un instante y retrocedió.

Con los labios temblorosos empezó enseguida a tartamudear, intentando defenderse. "¡Ay, amigo mío, yo no te pedí que me mostraras al león en persona!", gritó con miedo. "¡Lo que yo buscaba eran solo las huellas tenues de la fiera en la tierra, como una sombra, y no la fiera misma!" El cazador, sosteniendo con dificultad su escopeta a la espalda, echó a huir furioso hacia el sendero por el que había venido. El labrador, en cambio, miró con lástima al cazador que huía y siguió guiando su arado. Una vez más comprendió cómo el valor falso se convierte en cobardía en el momento del peligro. El verdadero valor no está en presumir con palabras, sino en la firmeza del instante en que te enfrentas al peligro. Del dicho al hecho hay mucho trecho.