El carnicero y el mono
Érase una vez una tienda grande en un mercado lleno de color y de trinos de pájaros. El carnicero experto que era dueño de esta tienda era un hombre hábil, conocido por manejar sus cuchillos afilados con maestría. En el árbol alto de enfrente de la carnicería, en cambio, vivía un mono curiosísimo y travieso. De la mañana a la noche este animal simpático observaba con toda atención cada movimiento del carnicero e intentaba obrar como él. Cuando el carnicero levantaba el hacha en el aire y cortaba la carne, el mono imitaba los mismos gestos con las manos vacías en su rama. Un mediodía caluroso, después de colocar la carne fresca en el mostrador, el carnicero pasó al cuarto de atrás para descansar un poco. Aprovechando la ocasión, el mono curioso bajó en silencio del árbol y entró por la ventana abierta de la tienda.
Al ver el hacha pesada y reluciente y los cuchillos afilados, sus ojos brillaron de alegría. Se susurró a sí mismo: "Yo soy un cocinero tan diestro como ese carnicero." Pasó enseguida detrás del mostrador, se ató al cuello el delantal del carnicero y agarró a la fuerza la gran hacha con las dos manos. Intentó hacer aquel gesto tan vistoso que había visto al carnicero para cortar el enorme trozo de carne de la mesa. Levantó el hacha pesada con todas sus fuerzas, pero no pensó ni un momento en lo peligrosa que era la herramienta. El mono, que no sabía manejar un cuchillo y no entendía que la maestría no se logra solo imitando, se puso a la obra con entusiasmo. Bajó el hacha deprisa para cortar la carne, pero la pesada herramienta se le escapó de la mano.
En vez de cortar la carne, el acero afilado hirió la propia mano y la pierna del mono torpe y le hizo mucho daño. Gritando de dolor, el mono dejó caer el hacha al suelo y se escondió con miedo debajo del mostrador. El carnicero, que oyó el ruido y corrió a la sala, al ver la escena acudió enseguida a ayudar al pobre animal. Mientras le vendaba la herida, miró al mono con ternura y le explicó con dulzura que la destreza no se gana solo mirando. De vuelta al mercado encantador, el mono prometió no meterse nunca más en trabajos peligrosos que no conocía. La imitación ciega que no se apoya ni en el saber ni en la destreza trae a la persona daño en vez de provecho. Si mirando se hiciera uno maestro, el gato sería carnicero.