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El campesino que quería un caballo

Nivel C1 · 400 palabras

El campesino que quería un caballo

Érase una vez, al borde de un viejo bosque donde corrían aguas frescas, vivía un campesino pobre que labraba su tierra con amor. El anciano iba a su campo antes del amanecer y trataba de tirar del arado él solo con sus manos callosas. Cuando las rodillas le flaqueaban de cansancio, alzaba los ojos al cielo y rezaba para que le fuera concedido un caballo fuerte. Aquella súplica sincera y desesperada se deslizó sobre las alas del viento y llegó hasta el oído de un derviche sabio. El derviche, que se había bañado en el mar de la verdad, se puso en camino para poner a prueba la lealtad y la paciencia del campesino. Una tarde, mientras el sol se hundía tras las colinas, el derviche llamó a la puerta del campesino pobre.

Sin vacilar en absoluto, el campesino ofreció a su huésped el último pan que tenía y un cuenco de sopa caliente. El derviche preguntó: "A pesar de tanta estrechez no renuncias a tu generosidad; ¿cuál es el mayor deseo de tu corazón?" El viejo campesino suspiró hondo y dijo: "Mi único deseo es tener un caballo noble que are mi campo y aligere mi carga." El derviche sonrió y, golpeando la tierra con su bastón, advirtió: "Mira en tu establo a medianoche, pero debes tratarlo no como a un siervo, sino como a un amigo." Cuando llegó la medianoche, una luz plateada que se alzaba del establo llenó de emoción el corazón del campesino. Cuando abrió la puerta, ante él estaba un caballo veloz como el viento, brillante como la luna llena y con una crin de seda.

Pero el campesino, que se acercaba con alegría al caballo, notó que el animal relinchaba con mal genio y no dejaba que nadie se le acercara. El campesino, recordando el consejo del derviche, dejó el látigo a un lado y decidió acercarse al animal con ternura. Con dulces palabras acarició la cabeza del caballo, le dio con sus propias manos las hierbas más frescas y calmó su sed. Aquel amor sincero y aquella paciencia que mostró el campesino derritieron en un instante toda la fiereza del corazón del noble animal. A la mañana siguiente, con la llegada del alba, el caballo se puso delante del arado por su propia voluntad y empezó a arar el campo con alegría. Aquel día el campesino pobre comprendió en lo más hondo que el sustento pedido de corazón solo se bendice con esfuerzo y amor. Las peticiones humildes que nacen del interior traen al ser humano la verdadera paz solo cuando se unen a la compasión y la responsabilidad. Cada uno recoge lo que siembra.