El campesino que quería cruzar el río
Érase una vez, junto a un bosque antiguo por donde corrían aguas frescas, vivía un aldeano alegre. Un buen día este aldeano tomó el camino del pueblo vecino para reunirse con los mercaderes. En mitad del viaje, se le apareció delante un río ancho e impetuoso, difícil de cruzar. Este río, que resplandecía bajo los rayos brillantes del sol, era tan imponente que dificultaría el paso del viajero. El aldeano se detuvo en la orilla y, observando el curso del agua, empezó a pensar por dónde pasaría al otro lado. En una parte del río las aguas chocaban contra las rocas con gran estruendo y esparcían espuma. Esta corriente espumosa y bravía pareció sumamente aterradora y profunda a los ojos del aldeano inexperto.
En el otro lado del río, en cambio, la superficie del agua se extendía quieta y silenciosa como un cristal perfectamente liso. El aldeano, susurrando para sí mismo, dijo: "Esta corriente ruidosa me tragará, lo mejor será que cruce por ese lugar de aspecto manso." Justo cuando iba a poner el pie en aquellas aguas tranquilas, un anciano sabio que descansaba bajo el plátano se puso de pie. El anciano le advirtió con voz suave: "Espera un momento, hijo, no des un paso fiándote solo de tus ojos." El aldeano vaciló y respondió: "¿Por qué habría de detenerme, tío, el agua ruidosa es muy peligrosa, mientras que este lugar parece bastante seguro?" En lugar de responder, el anciano sabio agarró el largo bastón de madera que tenía en la mano y se acercó a la orilla. El anciano hundió primero su bastón hacia el centro de aquella corriente ruidosa y espumosa.
Se vio que el agua que se agitaba con tanto estruendo en realidad no pasaba del tobillo y que las piedras del fondo se distinguían con claridad. Después el anciano hundió lentamente el mismo bastón en aquella agua quieta que parecía lisa y tranquila. El bastón desapareció por completo en las oscuras profundidades del agua sin chocar con ninguna roca del fondo. Horrorizado ante el espectáculo que vio, el aldeano comprendió cuán engañosa puede ser la apariencia. El joven, que agradeció al anciano con gratitud, caminó con seguridad por el agua ruidosa pero poco profunda y llegó a la orilla opuesta. El silencio no siempre trae paz, a veces los peligros más profundos se esconden bajo las superficies más tranquilas. Del agua mansa me libre Dios.