El campesino criado en el establo
Érase una vez, al borde de un bosque antiguo por donde corrían aguas frescas, lejos de los aldeanos, había un pequeño establo. En este establo vivía un joven muchacho llamado Yağız, ajeno al mundo, inteligente pero criado de manera tosca y ruda. Como pasaba su vida solamente ordeñando las vacas y acarreando heno, estaba completamente lejos de los modales del palacio. Un día el curioso soberano del país decidió invitar a este extraño aldeano a su palacio y ponerlo a prueba. El rey quería ver cómo se comportaría entre los nobles este joven falto de delicadeza. Al entrar en el gran salón dorado, Yağız miró con asombro las suntuosas lámparas y los vestidos adornados.
Cuando lo sentaron a la magnífica mesa del banquete, apartó a un lado los tenedores y los cuchillos de plata y empezó a comer la comida con las manos. Los miembros de la corte, ante este comportamiento tosco, se reían disimuladamente entre ellos y lo despreciaban. El rey preguntó sonriendo: "Dime, muchacho, ¿cómo has encontrado nuestro palacio?" Yağız no tardó en responder: "Mi soberano, vuestro techo es muy alto, pero el olor del heno de mi establo es más sincero que este lugar." Luego, señalando el caro plato de porcelana que había sobre la mesa, dijo: "Este recipiente es adornado, pero no retiene la leche." El visir intervino con furia: "¡Echad fuera ahora mismo a este hombre grosero que no conoce las reglas del palacio!"
Sin embargo, Yağız, sin perder en absoluto la calma, ofreció al rey el queso fresco de tinaja que sacó de su bolsa. Cuando el rey probó un trozo del queso sencillo pero sabroso que le ofrecía el joven, se hizo un profundo silencio. Junto a los adornos artificiales del palacio, aquel sabor puro le había recordado al soberano el verdadero esfuerzo del pueblo. El soberano se volvió hacia los ostentosos cortesanos y alabó la honradez y la sencillez del joven aldeano. Yağız, en cambio, rechazó los pomposos títulos del palacio y prefirió volver a su establo, donde encontraba paz. Así el rey comprendió que la verdadera virtud no está en la apariencia exterior, sino en la sinceridad que hay dentro de la persona. La ostentación que está lejos de la sinceridad nunca puede dar la paz que ofrece una sencillez pura. Una palangana de oro no sirve de nada a quien vomita sangre.