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El cabrito y el lobo

Nivel C1 · 341 palabras

El cabrito y el lobo

Érase una vez, en un encantador pueblo de montaña donde las aguas frescas discurrían con delicada lentitud, un dulce cabrito. Este pequeño cabrito pasaba la mayor parte del tiempo saltando sobre los escarpados peñascos y masticando la hierba más tierna. Sin embargo, era conocido no tanto por su valor como por su curiosidad y sus modales un tanto arrogantes. Una tarde, mientras el sol se deslizaba tras los altos peñascos como un velo carmesí, el cabrito trepó a lo alto de un tejado empinado. Contemplar el valle desde aquella altura llenaba su diminuto corazón de un extraño orgullo y una extraña ambición. Justo entonces, un lobo astuto y hambriento, que salía de las profundidades del valle, empezó a pasar bajo el tejado con pasos pesados. Al ver la imponente sombra del lobo, el cabrito cobró de pronto valor, confiando en la altura del lugar donde estaba.

Hinchó el pecho, miró al lobo y comenzó a gritar con un aire insolente y burlón. “¡Eh, terrible cazador del bosque! ¡Veamos si puedes escapar de mí!”, exclamó. El lobo se detuvo ante aquella voz insolente y levantó la cabeza. El cabrito siguió burlándose y alardeó: “¡Torpe criatura, ya nunca podrás alcanzarme!” Aquellos graves insultos, que resonaban en el valle, encendieron una chispa astuta en los agudos ojos del lobo. Pero el lobo experimentado, sin enfadarse en absoluto, tomó aire profundamente y respondió con voz serena. El lobo miró al cabrito que se erguía orgulloso en el alto tejado y esbozó una amarga sonrisa.

“No eres tú quien me grita con tanto descaro, pequeño cabrito”, dijo con calma. “Lo único que te vuelve tan audaz es ese alto tejado que hay bajo tus patas”, añadió. El valor de los cobardes que se esconden tras un refugio seguro no es más que una ilusión. Tras aquellas sabias palabras, el lobo dio media vuelta y desapareció en silencio en las profundidades del valle. El cabrito, en cambio, que quedó solo en lo alto, comprendió su error y enmudeció de vergüenza. El verdadero valor consiste en plantarse frente al peligro, no en esconderse tras la altura en la que uno se refugia. Cada gallo canta en su muladar.