El Burro y los Grillos
Hace mucho tiempo vivía un burro perezoso en un bosque grande y verde. Trabajaba cada día en el campo, pero quería cantar muy bien. Un día de verano oyó un sonido dulce bajo un árbol alto. Arriba, en las ramas, unos grillos pequeños cantaban con alegría. El burro escuchó aquel sonido bonito y admiró sus voces. Levantó la cabeza y miró a los grillos con mucha curiosidad.
"¿Por qué vuestra voz es tan bonita y tan dulce?", preguntó. Los grillos sonrieron y respondieron al burro con gran alegría. "Solo comemos gotas frescas de rocío de las hojas", dijeron. Estas palabras alegraron mucho al burro, y decidió en seguida. "Ya no comeré hierba, solo beberé rocío", dijo el burro. Desde aquel día dejó la hierba sabrosa y buscó solo rocío.
Pasaron los días, pero el rocío nunca llenó su estómago. El burro perezoso adelgazaba cada día y al final quedó muy débil. Comprendió con amargura: cada ser tiene su voz y su naturaleza. Se arrepintió mucho, porque perdió la salud por una canción. Si copiamos a otros y olvidamos nuestra naturaleza, perdemos mucho. El cuervo quiso andar como la perdiz y olvidó su propio paso.