El Burro que Llevaba la Estatua del Dios
Una mañana soleada, un anciano puso una hermosa estatua sobre su burro. Para la gente del pueblo, la estatua era muy sagrada y valiosa. El hombre y su burro salieron hacia el gran templo de la ciudad. El pequeño burro caminaba despacio con la carga pesada. Mucha gente esperaba en el camino y los miraba con curiosidad.
Cuando la gente vio la estatua, se inclinó y empezó a rezar. Todos estaban al lado del camino y mostraban un gran respeto. El burro creyó que la gente se inclinaba ante él y se puso muy orgulloso. Se dijo: «¡Qué animal tan importante y tan fuerte soy!» De pronto caminó más despacio, levantó la nariz y empezó a rebuznar. Ya no quería andar; se quedó quieto y saludaba a la gente.
Ese comportamiento tan orgulloso enfadó mucho a su dueño. El anciano levantó su palo y golpeó suavemente la espalda del burro. Con voz enfadada le dijo: «¿Quién te crees que eres, burro tonto?» «Esta gente no se inclina ante ti, sino ante la estatua sagrada de tu espalda.» Cuando el burro entendió la verdad, sintió vergüenza y bajó la cabeza. Olvidó su orgullo y siguió en silencio hacia el templo.
El orgullo por el rango y el valor de otros solo te deja en ridículo. Quien monta caballo ajeno, pronto baja a pie.